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ESTELA SOCIAS MUÑOZ

 Estela Socias nació en Santiago en 1944. Tiene varias publicaciones y, en los últimos años, ha escrito la serie infantil “Trapolandia”, un mundo de fantasía para resaltar valores tan importantes como la amistad, la solidaridad y, principalmente, la emoción de encontrar entretenimiento en algo tan simple como los muñecos de trapo. El libro de su autoría “Las aventuras del club Hilario” fue distinguido por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, con la adquisición de ejemplares para bibliotecas públicas del país. Esta serie también está siendo evaluada en México para los rincones de lectura dependientes del Ministerio de Cultura.

En noviembre de 2003, fue nombrada Presidenta de la “ACHLI, Academia Chilena de Literatura Infantil-Juvenil”. En febrero de 2004 fue nombrada miembro del directorio de la Agrupación Cultural de Rocas de Santo Domingo. Desde el año 2000, es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) donde recientemente fue nombrada “Coordinadora de Literatura Infantil-Juvenil”.

Ha incursionado en el género de la novela con “Memorias de la casa vieja”, cuya trama se desarrolla en el ámbito familiar, dejando a los lectores sensaciones de amor, paz, tranquilidad, además de la certeza de lo importante que es “la familia” en la vida del ser humano. Posee un Diplomado en Humanidades, con mención Literatura y Filosofía de la Universidad Adolfo Ibáñez. 2003-2005.

 

 

 

SENTIMIENTO DE UN BERGERE (Fragmento)

Las tres y cincuenta minutos, las tres y cuarenta y nueve minutos, las tres y cuarenta y ocho minutos, las tres y cuarenta y siete minutos... Dejó las manillas del reloj girando hacia la izquierda.

Quería retroceder el tiempo, quería olvidar esos minutos infernales de asquerosidad extrema, de dolor enardescente, de angustia desenfrenada, de tristeza aberrante. Ni siquiera le importó que pudieran borrarse las sonrisas que a ratos se dibujaron en su rostro, la paz efímera que albergo cuando su alma cesaba de llorar, las sensaciones de placer cuando su piel exfoliaba locura exquisita.

Sólo se escuchaba el tic-tac del reloj que no me está devolviendo los momentos con ella; sino que además se los está llevando. Los limpia, los desaparece, los anula.

¡Qué egoísta soy! Preferiría que se hubiera marchado dejando que los recuerdos flotaran en el aire. ¡Pero no!, también quiso llevárselos consigo.

–No habrán recuerdos para nadie –dijo. Y ni siquiera los dejó para mí. ¿Quién podría amarla más que yo?, ¿quién pudiera extasiarse tanto con su cuerpo como yo?, ¿quién pudo alguna vez coger su aroma como a cada instante lo hice yo?

Todo fue culpa de ese malnacido, el que no supo dilucidar la congoja de su corazón cuando él osaba pararse frente a ella, o cuando simplemente se dignaba llamarla por teléfono o enviarle mensajes a la distancia.

Nadie más que yo pudo quererla de esta manera, con esta pasión desquiciada que no se apiadó de mí y no me dejó partir con ella.

Ahora he de quedarme aquí, viéndola marchar, oyendo como se desvanece su respiración.

¡Soledad, Soledad mía! Ni siquiera tu nombre dejaste conmigo.

Quizás al nacer en tus ojos se vislumbraba tu venir errante. ¡Soledad!, ¡Oh hermosa! Nadie más que yo conoce que ese no es tan sólo tu nombre, sino la consecuencia de tu vida.

Pero qué digo, no fue tu culpa. Jamás quisiste sentirte sola. Ellos te dejaron en el abandono, ellos no supieron escuchar tus gritos silenciosos pidiendo auxilio, ellos no pudieron oírte cuando le gritabas a la luna que le devolviera la sangre a tus venas. ¡Malditos sean todos, malditos!

Quiero llorar y no puedo hacerlo. No sé hacerlo. Se suponía que yo no tendría sentimientos, pero de todas formas me los dieron. Pero tan crueles fueron, que no me enseñaron a extirparlos. Debo quedarme aquí, con ellos dentro, apretados en mi pecho.

¡Maldito sea también quien osó darme esta vida inerte! ¿En qué estaría pensando cuando insinuó que yo era capaz de sentir?

Un Bergere de felpa, eso es lo que soy. Nada más que eso. Resquicio de algún tono verde, de alguna suavidad placentera, de un montón de resortes bien armados.

Un Bergere de felpa enamorado, ¡qué ridículo! Un miserable sillón que alguna vez se las dio de rey y se sintió amo y señor del mundo. Ningún humano miserable es capaz de sentir como siento yo, y sólo soy eso, un sillón.

 

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