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ESTELA PARODI

Estela Parodi nació en Rosario, Argentina, en 1954. Lleva publicados tres libros; Cuentos Desnudos, 1993 (Premio ASDE, Santa Fe; Leopoldo Marechal, Bs. As.; Mención Faja de Honor de SADE, Bs. As.); Cuentos Audaces, 1998 (Mención Faja de Honor de ADEA) y Mar de Amores, 2003. Además colabora en distintas revistas y diarios del país. Ha coordinado el Taller Letras de Café durante nueve años, participado en varios Encuentros de Escritores en Rosario y Buenos Aires y prepara para próxima publicación, su cuarto libro de cuentos. Ha escrito además, dos novelas que permanecen inéditas.

 

 

 

 

LA RAJADURA ( Fragmento )

El tío Andrés llegó a mi casa el día de mi séptimo cumpleaños. Los ojos de la abuela se pusieron tristes al verlo. El rostro desgastado, la barba semicrecida y un aspecto andrajoso en su vestimenta, mostraban que el tío Andrés no volvía precisamente de una victoria.

Pasaba horas encerrado en su habitación, lugar vedado hasta para la sirvienta. Mi curiosidad aumentaba con esos encierros y a veces hubiera querido destrozar a patadas, la pared que separaba su habitación de la mía. Recostado en mi cama, mirando la mancha de humedad del cielo raso pensaba sólo en cómo hacer para descubrir el secreto. ¿En qué ocupaba el tío Andrés toda la noche? ¿Porqué elegía esa música?

Como el vidrio de la puerta rozaba casi el techo, la única posibilidad era encontrarle una falla a la pared. Durante días y días hurgué en cada poro buscando alguna ranura, algún agujero que me permitiera acceder al espectáculo. Pero la pared estaba lisa, espantosamente lisa. Cuando llegué a esta conclusión, me senté sobre el piso desilusionado, exhausto, observando el montículo de cosas que había amontonado para elevar mi estatura y entonces fue cuando, por casualidad, mi mano lo descubrió. Encima del zócalo, el revoque se estaba descascarando. Con un lápiz amplié la rajadura hasta perforar la pared. Luego me tiré boca abajo para mirar por el boquete. La visión de la otra pieza era perfecta. Sólo quedaba esperar.

Poco antes de la medianoche, cuando el silencio aplastaba ya la casa, me levanté. Cuidando de no hacer ruido me tendí sobre el piso nuevamente, pegué mi ojo derecho al agujero y apoyé el mentón sobre el zócalo. A cada rato tenía que refregarme las pestañas para despejar la humedad que licuaba mi mirada y el nerviosismo que me había tensado hasta el último de los músculos. Mientras tanto, del otro lado, el tío Andrés intercalaba su atención entre un grueso libro de páginas amarillentas y el reloj, que a cada rato descolgaba del bolsillo. Sin embargo, los ruidos que yo había escuchado durante tantas noches habían sido demasiado extraños para que pudiera creer en esa intensa quietud de mi tío.

Después de la tercera vez que me limpiaba la nariz y las pestañas para sacudir el polvillo, y ya con los codos doloridos por la madera, vi que colocaba el libro sobre la cama, suspiraba profundamente y empezaba a desabrochar, tranquilo y meticuloso, uno a uno los botones de la camisa. Supe que podía suceder en cualquier momento. Debería controlar ese cosquilleo molesto, aguantar el dolor de los codos y descubriría enseguida ese secreto tan hermético que el tío Andrés guardaba en la semipenumbra de su pieza, después que el carrillón de la sala sonara el último de los doce compases.

Se había quitado ya el pantalón y acomodado las dos prendas con prolijidad encima de la colcha tejida, al lado del libro. La ampulosa desnudez de su barriga brotó sobre las piernas, apretadas con calzoncillos grisados que terminaban en grandes zapatones negros. La luz, escasa, sombreó la desproporción de su figura en la pared y tuve que taparme la boca con las manos para atajar la carcajada.

 

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