Ernesto Langer Moreno

 

Elías

Novela Breve en 3 partes

registro de propiedad intelectual nº 115.289

Prohibida toda repoducción de esta obra, por cualquier medio, sin consentimiento de su autor.  

 


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2 ºparte

 

VIII

 

Al verlo llegar con zapatos y con la cara demacrada para su madre fue fácil adivinar de inmediato que la vida de su hijo había cambiado. Corrió a recibirlo y lo abrazó con toda la ternura que le guardaba desde el día de su partida. Lo mismo hizo su padre quien lo miraba de arriba a abajo sin convencerse y también lo abrazaba. Ambos estaban dichosos de tenerlo de nuevo con ellos.

La comida fue frugal, como de costumbre, y durante ésta Elías estuvo más bien parco. Sólo dijo que estaba de vuelta y contento de hacerlo. Después aludió al cansancio del viaje y se retiró, acostándose sobre el piso del que fuera su rincón de la cabaña.

La noche estuvo silenciosa y larga y Elías no pudo dormir pensando en una y mil cosas desparramadas y sin ninguna lógica. Primero fue María y su risa joven y exquisita la que lo hundió en un horrible pozo de angustia y luego fueron los estertores de Ornitorius mientras moría desangrándose desesperado que lo estremecieron. Unas y otras las imágenes desgarraban su espíritu convulsionándolo.

Al otro día muy temprano sus padres intentaron preguntarle acerca de su viaje, pero únicamente obtuvieron respuestas evasivas.

Sólo después de unos cuantos días pudo contarles sobre María, pero se guardó muy bien de decirles acerca de su muerte y de todo lo ocurrido. Les contó solamente que gracias a ella había aprendido a leer y a escribir y que podía manejar los números sin ninguna dificultad. Les dijo también que el mundo era extraño y que era difícil subsistir en él, pero que había logrado hacerlo, luchando y abriéndose camino.

La vida no había cambiado mucho en el bosque. Seguía el mismo ritmo tranquilo que cuando lo había dejado. Le gustó volver a ver a su padre haciendo dibujos en la tierra con una vara y sentir esa tranquilidad que de él emanaba, pareciendo venir de otro mundo. Recordó sus siempre tranquilas observaciones acerca de las cosas y su amor por los animales. Recordó también que antes había deseado ser como él y vivir para siempre allí con Dios y en paz consigo mismo, en medio de la naturaleza.

Su madre parecía no haber envejecido y lo atendía con tanto esmero y cariño que por un momento casi tuvo la impresión de no ser el que era y haber vuelto a su pasado sintiéndose, aunque fuera por un instante, de nuevo feliz.

Sin embargo, estuvo con ellos pocas semanas y después volvió a sentir la necesidad de partir. Amaba esos agrestes parajes circundados de un verde omnipresente, y también la presencia amorosa de su familia, pero en realidad ya no era lo mismo, no podía ser lo mismo. Ahora tenía la ansiedad del mundo y aunque quisiera apartarse le era imposible.

Su madre presintió lo inevitable y nuevamente no quiso retenerlo y lo dejó partir.

Dos días más tarde Elías se despidió estrechándolos a ambos en un emotivo abrazo y se perdió, como otrora, entre los árboles.

 

 

IX

 

 Acosado por sus fantasmas y después de mucho pensarlo, decidió regresar a Los Pozos a entregarse y confesar el crimen de Ornitorius. Caminó y cuando llegó a éste entró por la calle principal. Siguió caminando y a medida que lo hacía la gente que lo reconoció dejaba sus cosas donde estaban y se ponía a seguirlo guardando una pequeña distancia. Elías pensó que en cualquier momento se abalanzarían sobre él y lo atacarían, pero no lo hicieron. Siguió caminando hacia la casa de María sin decir una palabra y con valor.

Primero quería dejar bien claro lo que antes no habían querido escucharle, aún si con este gesto se estaba exponiendo demasiado, en vez de haberse entregado directamente a la policía.

Había visto a Pantoja esa noche guiando la turba que lo persiguiera y sabía que este hombre era quien más podía odiarlo y desear su muerte, imaginándolo el culpable de la muerte de su hija. Pero sin embargo quería gritarle, costara lo que le costara, su verdad. El amaba a María y no la había asesinado. Podrían hacerle lo que quisieran, pero esa era la única verdad.

Cuando llegó a la casa se detuvo frente a ésta y esperó. La puerta se abrió y de la casa salió Pantoja viéndolo a él y a los demás. Se le acercó mientras todos estaban mudos y a la expectativa. Un vacío enorme pareció de repente instalarse en la calle. Y de pronto, Pantoja se le vino encima para abrazarlo y pedirle llorando que lo perdonara.

Perdón, le decía, con evidente emoción, perdón. Te culpé creyendo que eras culpable dejándome llevar por mi dolor. Perdóname tú y que me perdone Dios.

Elías no podía creer lo que escuchaba ni lo que estaba sucediendo. Se quedó ahí parado, rígido, como una estatua, sin saber a que atinar, y en eso súbitamente, toda esa gente que miraba se le acercó también para darle palmadas en los hombros y en la espalda y sonreírle.

Más tarde supo por el mismo Pantoja que habiéndose encontrado a Ornitorius muerto, asesinado posiblemente por un animal, un amigo del occiso confesó lo del cuchillo y lo del crimen, sindicando a Ornitorius como su autor y limpiándolo a él de toda culpa.

Pantoja había recibido entonces un segundo gran golpe al darse cuenta de su terrible error y desde ese día sólo rogaba por encontrar a Elías y poder reparar después de tantos años, la desgraciada injusticia.

Lo invitó a entrar en la casa y una vez dentro los tres juntos, Elías, Pantoja y su mujer, se pusieron a llorar a mares, hasta por fin poder liberar gran parte de la pena que les pesaba a todos en el alma.

Le rogó que se quedara con ellos y le dijo que todo lo suyo también era de él. Que lo ayudara con el negocio y le permitiera así saldar la deuda de la que se sentía tributario.

Elías todavía sorprendido por este vuelco en la situación pensó en María y evocó cada uno de los lugares en que estuvieran juntos en esa casa. Recordó las tardes deliciosas sentados en las gradas de la puerta trasera de la casa, mientras María le enseñaba con toda paciencia y cariño el abecedario. Se le vino a la mente alguna que otra frase que su amada había lanzado a la vida mirando el horizonte.

Después de un buen rato, y con la idea de estar de nuevo recorriendo esos mismos lugares y usando esos mismos objetos, le dijo que si, que aceptaba. Y desde esa misma noche durmió de nuevo en la casa.

Con su ayuda los negocios de Pantoja crecieron y se multiplicaron al punto que después de algunos años Pantoja decidió retirarse y dejar todo en las manos del que era ahora su futuro heredero.

Elías en un momento, cuando tuvo que elegir en que invertir el excedente de sus ganancias, se vio en la disyuntiva de escoger entre varias alternativas, y eligió un prostíbulo. Con lo que podría también él pagar una vieja deuda.

Por otra parte cambió la carreta por una camioneta y continuó recorriendo los pueblos como lo hiciera antes Pantoja.

Eloisa fue por supuesto la encargada de reclutar el contingente, en calidad de socia. Así arrendaron una casa en las afueras de Los Pozos y comenzaron a aparecer Fany, Clotilde, Dorotea, Carmen y Katiusca. Todas putas con experiencia y dichosas de haber sido invitadas a participar en un proyecto como ese.

Entre todas arreglaron la casa, cultivaron el jardín, pintaron las paredes de un rojo ocre e instalaron largas y pesadas cortinas en cada salón. La clientela no fue problema, llegó sola y abundante.

Elías pensó que Eloisa se veía radiante como regente del prostíbulo y no pudo resistir la tentación de abrazarla de contento, antes de partir de viaje.

A la vuelta nos vemos, le dijo, y se fue en su camioneta repleta de artefactos.

 

 

 

X

 

 

Esa misma despedida y ese mismo diálogo se repitieron en muchas ocasiones y Eloisa siempre lo estaba esperando a su vuelta para darle cuentas del negocio.

Al prostíbulo llegaban visitas de todos los pueblos cercanos y estaba siempre copado, alargando las noches de sus clientes en medio de la música y las risas.

Hasta él llegaban los hombres con sus penas y sus sueños, a liberarse en medio del amor y la borrachera. Y con el tiempo comenzó el prostíbulo a tomar fama de limpio y alegre y ésta se fue propagando hasta llegar a oídos de gente importante.

Grandes señores aparecieron solicitando discreción y pagando fuertes sumas de dinero para realizar fiestas privadas. Estas eran de pocos invitados, y en los salones se hablaba con personas distinguidas y escuchaba otro tipo de música.

De estos hombres, y entre esas paredes, Eloisa pudo escuchar muchas historias, pero una de ellas le llamó más que las otras su atención, en especial la de ese hombre atractivo y vividor que esa noche se descargaba de sus penas, dándole rienda suelta a su lengua pastosa por el exceso de alcohol.

Decía llamarse Armando de Pica y venir de una localidad llamada Florcius de Pica, a unos 100 KM de Los Pozos. Tenía toda la facha de ser un notable, de buena fortuna y acostumbrado a los placeres del mundo.

Hablaba también de sus triunfos y posesiones con orgullo, pero tenía sin lugar a dudas una espina clavada en el alma. Una espina de juventud.

Según él había sido un verdadero necio entonces, dejándose llevar por absurdas ideas de poder, y acatando los arbitrios de la familia , so pena de perderlo todo y fracasar.

Los negocios de la familia le habían sido destinados y debiendo asumir esa carga, había heredado también el peso que significa el tener que ser algún día el patrón. Así, en su juventud, estuvo imposibilitado de tomar sus propias decisiones, y el destino se encargaría de jugarle una muy mala pasada.

Desde chico había sido cuidado con una especial dedicación, igual como se criaría a un futuro rey. Desgraciadamente casi todo le estaba prohibido y por esta falta de libertad no recordaba haber sido feliz. Era como si desde un principio no le hubiesen permitido tener su propia vida y hubiera sido destinado para algo planeado ya antes de nacer.

Tenía de todo, absolutamente lo que quería, menos su destino en las manos, y creció.

A los 22 años estaba cerca de terminar los estudios universitarios, después de haber hecho una carrera excelente. Su próximo paso era el entrar en calidad de aprendiz en el oficio de la familia: el vino.

Y la cosa iba por donde se había planeado y tal como debía ir. Hasta que se enamoró.

Si, se había enamorado perdidamente de una joven un año mayor que él, y le fueron cambiando las prioridades, hasta faltar un día a sus deberes, lo que era considerado por la familia como un verdadero sacrilegio.

Más que preocupados, los encargados de su educación le llamaron varias veces la atención, y su vida comenzó a complicarse.

Pero del amor no se deshace uno así no más, le dijo esa noche, y pareció querer tomar un respiro antes de continuar. Uno no puede tomar la decisión voluntariosa de no seguir amando, continuó, porque la sangre que tira es una cosa atroz. Yo amé a esa mujer y ella también me amó. Y esa fue la razón de que nuestras vidas naufragaran.

Violeta había quedado esperando un hijo suyo y cuando lo supo se sintió feliz y pensó en desposarla lo más pronto posible. Pero su familia se opuso, y la de ella, por despecho, también.

Claro que pensaron en abandonarlo todo, y partir juntos a vivir. Aunque nunca lo hicieron. Y por esas cosas desgraciadas de la vida lograron separarnos, dijo él.

Eloisa lo escuchaba con mucha atención, mientras al caballero se le iba como desgarrando la voz mientras seguía con su historia.

Me convencieron de que era mejor no hacerlo, y que todo se solucionaría esperando un poco, retrasando el matrimonio. Así mi hijo podría heredar después una fortuna y su madre podría encargarse de educarlo como estimara conveniente y con los mejores medios. Pensé que por una parte tenían razón y cedí.

Violeta no estuvo de acuerdo sin embargo y ante el eventual escándalo que golpearía a su familia, no quiso sacrificar a la criatura y prefirió escapar para no volver. Había preferido sin duda la vida a la muerte, continuó. Mientras que él se había hundido en la nada sin poder escapar.

Algunos años después la busqué como un verdadero loco, por cada pueblo, aldea y ciudad del país. Pero no la encontré.

Entonces ya era el patrón de todo y pudiendo ser un gran señor , me convertí con el tiempo en un ser desdichado, afortunado y vividor que va de burdel en burdel. Mi fortuna está intacta, pero conmigo han muerto todas las pretensiones de mi familia de continuar con sus sueños de grandeza y de poder.

Eloisa tuvo pena de este hombre y le acarició la cabeza suavemente, mientras le daba un precioso beso en la mejilla. Su historia la había dejado marcada, pero debido más que nada al extraño parecido de este hombre con su socio, Elías.

 

 

XI

 

 A Elías por su parte seguía yéndole bien. En sus viajes conocía a muchas personas, de todos tipos y oficios, y se fue convirtiendo en casi un personaje de las zonas que visitaba. Tenía su itinerario con las mejores piezas de los albergues reservadas y cientos de clientes esperándolo para abastecer sus almacenes. Así, no había viaje en que no volviera con su camioneta vacía y los bolsillos llenos de plata.

Sus salidas duraban entre una y dos semanas y al volver lo primero que hacía era poner al día a Pantoja sobre lo ocurrido durante el viaje, y luego partía donde Eloisa.

Eloisa trató de comentarle acerca de Armando de Pica y su historia, pero en realidad Elías no quería escuchar y prefería pasar su tiempo divirtiéndose o hablando de como iba el prostíbulo.

Después me lo cuentas, le dijo, ahora háblame de las niñas. Y Eloisa se vio obligada a cambiar de tema.

Katiusca era sin duda la más alegre de todas. Y la más bella, siendo la preferida de muchos de los clientes. Ese no era su verdadero nombre. El suyo era María de los Angeles Iturra y provenía de una familia pobre, azotada por el hambre y la mala suerte.

Desde muy pequeña se las había tenido que arreglar por sí sola. En un principio había comenzado trabajando como empleada en un bar de mala muerte donde el dueño sentía una especial simpatía por su persona y la cuidaba. Trabaja de la mañana a la noche aseando el piso y las mesas, y por las noches muchas veces tuvo que ayudar a servir a malacatosos y bandidos que la miraban con malos ojos y obscenas intenciones, a pesar de su corta edad.

Allí creció y con el tiempo se convirtió, a decir de su patrón, en una joven demasiado deseable y en un posible motivo de alboroto para su bar, por lo que la llevó visitar a una antigua amiga suya que seguramente le conseguiría un trabajo más apropiado.

La amiga de su patrón al ver sus deslumbrantes ojos azules y el pelo rojo cayéndole graciosamente sobre los hombros, el busto regio y una piel blanca como la nieve, pensó que con ella haría una fortuna. Pero enseguida se dio cuenta de que la chica era virgen y no tenía experiencia en esas lides y que debería iniciarla en el negocio con mucha sutileza. Le explicó que ella era la patrona de una casa de huéspedes donde los señores venían a pasar un buen rato y que el asunto se trataba de atenderlos bien y ser un poco cariñosa.

El trabajo era bien pagado y podía vivir allí con la familia como le llamó la señora Carlota al séquito de prostitutas que constituían su grupo de señoritas. Tendría una habitación para ella sola y con el tiempo aprendería el oficio. Katiusca aceptó, se despidió agradecida de su antiguo patrón y se quedó.

Algunas noches después Katiusca fue llevada a una de las recepciones que doña Carlota daba en su salón. Allí le presentaron a un hombre mucho mayor que ella para que lo acompañara y entretuviera. Bailaron y bebieron juntos hasta que doña Carlota le insinuó que debía llevarlo hasta su pieza. En ella el hombre quiso sobrepasarse y Katiusca no se lo permitió. Entonces, éste, habiendo sido advertido de la situación de la joven y pagado precisamente más por tener ese desacostumbrado honor, no insistió y le propuso seguir bebiendo y bailando.

Tiempo más tarde la bebida había hecho su efecto en los dos y Katiusca hasta sintió placer que ese hombre le acariciara los pechos y los muslos con una finura atroz. No se dio ni cuenta cuando estaba desnuda completamente sobre la cama e instantes después era desflorada por ese hombre, con la gentileza y sutileza de un maestro.

La mañana siguiente sintió un fuerte dolor de cabeza y al mirar a su lado se dio cuenta de lo sucedido. Primero tuvo ganas de vomitar, pero luego se dijo que la cosa no había sido tan mala o que podría haber sido peor. Sólo que hasta entonces pensaba que esas cosas debían suceder cuando mediaba el amor, aunque ya la vida le había enseñado que las cosas no siempre son como uno quiere y que hay mucho que aceptar si uno pretende subsistir.

La paga fue para ella extraordinariamente buena, lo mismo que la complacencia de doña Carlota que la llenó de pequeños regalos y la regaloneó como si fuera su hija. Así, no pasó mucho para que olvidara aquello que hubiese podido ser una terrible experiencia, pero que con el tiempo no fue sino el recuerdo de su iniciación.

Desde entonces tomó el asunto con mucha filosofía y habiéndose convertido en la estrella del lugar hasta se tomó el derecho de elegir a sus clientes. Se volvió cada vez más alegre y hermosa y literalmente los hombres se peleaban por tenerla.

Eloisa la había conocido y se habían hecho buenas amigas compartiendo sus sueños y los secretos del oficio, teniéndose la una a la otra en caso de necesidad.

Fue ella la primera en quien pensó Eloisa al plantearle Elías el negocio.

Esta viajó desde la ciudad del norte en que trabajaba respondiendo al llamado de su amiga, y ahora estaba ahí convirtiéndose, nuevamente y sin mucho esfuerzo, en la reina del prostíbulo de Los Pozos.

Otra cosa era la historia de Carmen, llegada hasta allí por circunstancias completamente diferentes.

Su edad ya estaba al borde de los cuarenta años y su vida venía en picada.

Había sido la regente de un maravilloso prostíbulo en una gran ciudad y por eso conocido a las más importantes personalidades del país. Era bella también y con un aíre de dignidad que aún conservaba.

Un hombre en especial se había cruzado en su vida y ésta se había prendido locamente del sujeto. El hombre era vividor y falto de escrúpulos. Pero ella vibraba con su sola presencia y habría sido capaz de hacer cualquier cosa por él. Cosa que hizo.

Carmen tontamente se vio envuelta en una conspiración de pésimo gusto. De la cual fue quien salió más perjudicada. Su amigo intentó llevar a cabo una estafa aprovechándose de los encantos de su agraciada puta.

La cosa a primera vista parecía ser simple, ella debía conseguir los documentos de otro de sus clientes, mientras éste descansara plácidamente después de haberle concedido sus favores. El cliente era un conocido hombre de negocios a quien se pretendía birlar una de sus grandes propiedades, utilizando falsamente los documentos.

Carmen hizo lo que le pidieron, pero el asunto no tardó en descubrirse y fue llevada por años tras las rejas, mientras su macho dorado, como ella lo llamaba, había desaparecido del mapa sin siquiera prevenirla.

Así las cosas había todo perdido y desde hace algunos años deambulaba de prostíbulo en prostíbulo tratando de hacer de nuevo fortuna.

Su vida no era lo que se llama un pacífico remanso y Eloisa tenía que mantenerla constantemente a raya para que no cometiera algunas de sus locuras. Como por ejemplo el día en que debió llamarle la atención por desaparecer con uno de los clientes durante varios días.

Por esto Carmen la detestaba, aunque Eloisa seguía dándole nuevas oportunidades, sin sospechar el odio y la envidia que crecía en el corazón de su compañera de labores.

A Elías le gustaban esas historias, la de su gente. Se interesaba en conocerlos y siempre, en secreto, intentaba comparar esas historias con su trayectoria personal. Para todos el mundo es un poco oscuro y claro a la vez, era su conclusión.

 

 

XII

 

  Y resultó que con el tiempo esa vida de trabajo y ganancias comenzó a aburrirle. Demasiado siempre de lo mismo se le hacía pesado, insoportable, y sin saber cómo se acercó de nuevo al trago.

Nuevamente no había quien pudiera pararlo cuando bebía y se ponía insoportable y agresivo. Eloisa comenzó a tenerlo más a menudo en su pieza y no la dejaba ni le daba tiempo para atender a otros clientes.

Muchas noches terminaba haciendo un terrible escándalo, que si no fuera por las atinadas reacciones de Eloisa, hubiese terminado por espantar a muchos de sus mejores clientes. Pero a él ni la plata ni el negocio le importaban, decía borracho, y menos que un par de malditas putas y cabrones le dijeran lo que tenía que hacer. Luego se dormía y Eloisa lo dejaba descansar hasta que pasara la borrachera, despertando muy tarde a la mañana siguiente.

Suspendió los viajes y cuando estaba sobrio comenzó de nuevo a pensar en aquello que ya creía perdido: el verde del bosque y el sonido de las aguas cristalinas. Y pensó en volver, aunque el destino le tenía reservada otra sorpresa.

Eloisa recibió una solicitud para una fiesta privada, donde asistirían sólo cuatro personas y se requería de la mayor discreción. Todo fue preparado para la ocasión y las niñas incluso cerraron las puertas por algunos días con tal de estar fresquitas en el evento.

Esa noche el salón estaba espléndidamente arreglado y la música de fondo era tranquila y apropiada, cuando comenzaron a llegar uno a uno los caballeros.

Uno de ellos era Armando de Pica y éste pidió la compañía de Eloisa.

Primero bailaron y fumaron sus cigarros conversando y teniendo a las niñas sentadas en sus piernas. Después poco a poco el salón fue quedando vacío y los caballeros subieron a las piezas abrazados de sus parejas.

Ya era medianoche y Eloisa y Armando de Pica se sacaban la ropa en una perfecta intimidad.

Pero en eso llegó Elías completamente ebrio irrumpiendo en la pieza. Eloisa no supo qué hacer, ni hubiese podido hacer nada porque Elías la golpeó dándole un terrible manotazo en la cara que logró derribarla.

El caballero, en calzoncillos, salió en su defensa y la pelea se armó. Elías en su estado cayó a los primeros golpes que Armando de Pica le lanzara mostrando un sorpresivo estado físico.

Eloisa permanecía muda en el suelo, intuyendo venir lo que había adivinado hacía tiempo.

El hombre al agacharse a examinar al agresor notó de inmediato el parecido de Elías y retrocedió sorprendido.

Pero esto es increíble, pronunció, y miró a Eloisa que se levantaba para ponerse a su lado.

Se llama Elías, le informó ésta, y fue criado en el bosque por una mujer que venía huyendo de un drama familiar como el de su relato, hasta allá llegó esa mujer y tuvo a su hijo. El ha pasado por mucho y ahora cruza por una mala racha.

Véalo usted, continuó, si parece ser su vivo retrato, sin duda que es su hijo.

¿ Mi hijo? Preguntó Armando de Pica, mientras se ponía de nuevo la ropa, y se notaba que estaba sorprendido y nervioso, ¿ pero entonces?

Y no terminaba de reponerse de tamaña sorpresa cuando Elías se levantó del suelo como un endemoniado y le clavó un cuchillo en el estómago, sin tener conciencia alguna del parricidio que cometía.

Viejo de mierda, le gritó, venir a envalentonarse, el muy desgraciado.

Eloisa lo tomó con todas sus fuerzas y Elías se dejó arrastrar fuera del prostíbulo. Como era medianoche y la casa quedaba en las afueras del pueblo, era difícil que alguien los viera.

Eloisa lo subió a su camioneta y con el dolor de su alma se lo llevó lejos por el camino, sabiendo que de no hacerlo sus días estarían contados.

A varios Kilómetros de Los Pozos lo dejó durmiendo su borrachera cubierto por unas ramas, y luego volvió al pueblo a gritar desde su pieza denunciando la asesina irrupción de un desconocido.

Al otro día Elías despertó con la mona viva y vagamente consciente de lo que había hecho.

Pero, muy rápido recordó que había dado muerte al cliente de Eloisa.

Entonces comprendió que ahora le quedaba un sólo camino y que su amiga lo había puesto en esa dirección.

El bosque lo esperaba. Y eso era lo que desde hace algún tiempo tenía en mente, pero claro que no de esta manera. Ahora ese verde y esos árboles y esas aguas serían su prisión. No podía volver a pensar en salir de allí. Dos crímenes a su haber ya eran demasiado en su conciencia. Ahora su condena sería el vivir con la incógnita terrible de no saber quien era después de todo el animal: él o los demás.

 

 

 

 Fin de la 2º parte de Elías

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