EDUARDO
MOLINA VENTURA, EN LOS DÍAS DE NUESTROS AÑOS |
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Por H. Ortega-Parada
“La
bétise n’est pas mon fort”
Este mágico ser lo conocí como profesor de un taller de la Biblioteca Nacional. Y mejor aprecié rasgos de su vida en la fraternidad de sobremesas con escritores. Muchas veces lo trasladé en un sencillo vehículo hasta su feudo, aquella “cité” de Calle Nataniel al llegar a Aconcagua, en pleno centro de la capital. Vía, ésta última, donde tuvo su castillo otro noble de estirpe, Benjamín Subercaseaux. Para un mejor decir, habían residido a media cuadra uno del otro. ¿Por qué accedo al aquelarre literario santiaguino? Entre el 43 y el 45 (once a trece años de edad), se manifestaban en mi dos vocaciones distintas que en el fondo son una sola: dibujaba, pintaba a la acuarela y a la tinta china y también escribía versos, “pensamientos” y breves narraciones que no alcanzaban a cuento. Y estas actas sí que no eran plagiadas pues ya era un lector consuetudinario y mi carácter, a pesar de la familia y de los condiscípulos de colegios y liceos, correspondía clínicamente al de un introvertido. Esas cosas gráficas y escriturales están perfectamente encuadernadas y constituyen mi primer libro (1945) y por eso entiendo el sentimentalismo, la emoción contenida de Alone cuando recuerda su primera novela escrita a máquina allá por años primitivos de su era. Cierto, él fue más perspicaz literariamente, más autocrítico y destruyó la prueba de su inconsciencia juvenil. Pero tan privado acto expresivo, en la adolescencia o primera juventud, es decisivo en la vida de cualquiera. Previene un largo camino en que el inconsciente y la voluntad actúan por apetencias y se da, de este modo, el transcurso por un sendero pintado por la ingenuidad. Ingenuidad en el mejor sentido. De otra manera no se explica el amor, la ligazón con el texto hasta cuando la experiencia disfrazada de fortuita cosa te pega un grito y te dice que estás equivocado. A veces sí, a veces no. Mi primer libro de poesía publicado es de 1964. Después, asomé de repente, castigado durante más de trece años sin música y sin la droga de la escritura secreta, viejo ya por dentro, en los salones de la Biblioteca Nacional, pues habían llamado a inscribirse en los Talleres Literarios Altazor (1977-78). Allí trabajé ardorosamente en prosa y poesía. Conocí a mucha gente que se iniciaba en lo mismo: Franz, Iturra, De la Parra, Gonzalo Contreras (el narrador), Iván Teillier, Alejandra Basualto, Armando Rubio, Paz Molina, etc.(hablemos de unos 80 aspirantes) Pero un escarabajo me decía en secreto: “Oye, no basta escribir”. ¿Cómo, entonces? Perseveré en la búsqueda el segundo año (semestres) de aquella fragua. Ceremonia inaugural en la Sala Medina. Presentaciones. Discursos. Profesores: Enrique Lafourcade, narrativa; Miguel Arteche, poesía; Braulio Arenas, brumosamente con literatura chilena antigua (era su estilo); Martín Cerda, ensayo; y Eduardo Molina Ventura en algo así como “El Hombre y la Cultura”. Me inscribí en los cinco talleres (uno diario). Fue el 19 de Junio de 1978. Fecha especial porque allí el príncipe se vistió de mago y murmuró palabras alquímicas. Molina pronunció un menudo discurso, una seguidilla de frases exentas de grandielocuencia para anunciar el contenido de su curso. Pero, su extraña sencillez me revelaba ya una diferencia en el credo literario que hasta entonces nada ni nadie me había revelado, ni libros ni la voz de otros escritores. Vi que aparecía por sobre las cabezas de los presentes una voluta muy tenue, quizás un humo gris, como un aura informe que permaneció un rato girando en el espacio y que después se elevó para desaparecer más allá de las luces. Ese fenómeno jamás se borró de mi memoria. Esa tarde casi nocturna, cuando el invierno venía del exilio, Gaston Bachelard había hablado en perfecto castellano por boca de su legítimo y dómine Merlín. A partir de ese instante todo cambió para mí. Como si en mi cabeza hubieran retirado un CD (cidí, pronuncian hoy) y en su lugar instalaran otro de distinto contenido. Supe, tuve la evidencia meridiana, de que hasta entonces yo había escrito narraciones y poesía preocupado de la forma, del diseño de sentimientos y decoraciones, del lenguaje individual. Yo venía borracho, desde muy joven, con las formas degustadas en el admirable estilo prosístico de Villiers de L’Isle Adam. Y ahora, por el efecto de una sustitución imprevista pero vivaz, se me abrió como al ojo de una mosca la posibilidad de contemplar al hombre en su extensión vital. Esa noche, escribí afiebrado: “...podré avanzar sobre el mundo desde mi mundo”. Qué cosa, ¿no es verdad? Ciertamente, me trastorné y empecé a escribir menos
porque había algo distinto en la literatura: la urgencia de una iniciación
para un conocimiento desconocido. Para sostenerme con dignidad, yo prestaba servicios en una fábrica de ropa de cuero (que ya no existe) y donde, por haberme ganado la confianza del dueño, solía utilizar un furgoncito Mitsubishi para mis andanzas nocturnas. En realidad, abusé de su confianza y solicito su perdón, aunque jamás tuve un accidente o un roce (parece que yo me disculpaba por el hecho de pasear el logotipo de la empresa por las calles de Santiago, en altas horas de la noche). Mientras las hojas de calendario caían al pavimento, tuve en suerte ir a dejar al maestro hasta su casa, no una vez, sino muchas. Y casi siempre el querido Chico Molina se bajaba tambaleante sobre sus cortas piernas y se dirigía a sus habitaciones reales en el oscuro cité. Una escena nocturna que se me grabó como una estampa surrealista de alto pixelaje. Ese grupo de pequeñas casas, todas en peligro de caer, en muy mal estado -con el alma de los adobes, planchas oxidadas, vigas y tablas a la vista-, constituía el reino, patrimonio y renta, del profesor que vestía impecable de gris y de corbata roja. Las jornadas de ese año 78 se cumplieron con una visita
(dos buses con la crema decadente y nueva de las letras chilenas)
a la tumba de Vicente Huidobro, en Cartagena. El resto del día lo
pasamos en el reino de Lo Gallardo, donde Inés Balmaceda de Del Río.
Y de allí tengo los testimonios irrefutables de unas cuantas fotografías
captadas por mí, inéditas, ahora patrimoniales. Por otro lado, el
nombre de Molina aparecía como una luciérnaga huérfana pero brillante,
en muchos artículos periodísticos de orden literario que yo leía,
recortaba y guardaba -como lo hacen las hormigas y las abejas-. Así,
un 8 de junio de 1980, Eduardo Anguita, entrevistado para El Mercurio
(Artes y Letras), es preguntado y responde: Entonces uno entiende que nuestro personaje tenía una integridad poética en su persona, en su dialéctica cotidiana y en sus escritos, que nadie, al escucharlo o leerlo, podía ignorar o pasar por alto. El hecho de fabular con personajes reales y obras literarias sólo revela su carácter de comediante -a veces- como una forma compensatoria de ciertos factores adversos de su persona: reducida estatura, estrabismo, voz chiquita. Pero era un erudito, un adelantado en la ínsula de Santiago y sus alrededores. Además, si fue editado por Huidobro en sus revistas de guerra, muy joven aún, es porque se trató de un muy buen mosquetero. Allá por el año 45, ante Braulio Arenas, Mariano Latorre
y Luis Oyarzún, entre otros, leyó el primer capítulo de un manuscrito
suyo. Esta lectura despertó enorme admiración hacia el autor porque
revelaba la presencia de un maestro. Y hubo celebraciones en restaurantes.
Hasta que se supo la verdad: eran páginas iniciales del "Demian",
de Herman Hesse. Él mismo las había traducido del francés. Acorralado,
contra-atacó haciendo saltar chispas de sus ojos azules: había probado
la ignorancia de sus colegas. En efecto, Molina era ratón de bibliotecas,
leía vorazmente a los últimos autores, devoraba revistas. Traducía
poemas. Sus papeles, sin orden alguno, eran escritos con letra menuda,
ilegible para cualquier otro mortal. Molina se perdió un tiempo de la capital. Aunque solían
decir que reaparecía sin aviso previo en algún café, en “Il Bosco”,
y tal como antes en la “Piojera” y “El Jote” de San Pablo, rudas tabernas
estas últimas. Su refugio de “gran meaulneano” pertenecía al reino
de Momo (Inés), allá donde el río Maipo rinde su cuerpo al portentoso
océano. Zorro fino y plateado (cabellos y barbas nevados), ojillos azules como dos espinas cruzadas, ha sido llamado “Le Petit Hemingway”, “Duque del Crepúsculo”, “Barón de Nataniel”, “Patrono de Hesse”, y para qué seguir cuando Lafourcade se las sabe todas. Nacido en 1913, fue amigo del Vicente Huidobro rutilante de los años 30, ese máximo zapador de las letras chilenas. Estudió medicina, leyes, filosofía, sociología y no se recibió de nada. A confesión de parte, con un propósito: “...no tanto para seguir una carrera sino que para discutir”. Molina fue autor real de lo impalpable. Nunca se empleó. Educado en colegio jesuita, conjugó su iniciación surrealista reemplazando un Sagrado Corazón que estaba sobre la cabecera de su catre por un letrero que decía: “La verdadera vida está ausente”. Gran poeta, dejó de monumento los numéricamente escasos versos de “Una noche invernal”, y algo más, no mucho más. Se defendió por años diciendo que escribía una novela titulada “El nadador sin familia” o, más adelante, “El Gran Taimado”. Este nombre lo tomó Enrique Lafourcade para uno de sus libros (1984). La trayectoria cenital de Molina permanece un tanto en las sombras debido a que los testigos de sus andanzas se aburrieron de este mundo. Pero, como dice Jorge Teillier, "lo que importa no es el carruaje sino sus huellas descubiertas por azar en el barro." Los nombres de los hijos del Parque Forestal están
ligados, por añadidura, a pequeñas comarcas por entonces esotéricas.
Hablo de Caleta Horcón, vecina a Puchuncaví, y de Caleu, prodigioso
lugar ubicado al fondo de altas montañas y cerros de la Cordillera
de la Costa. Horcón es el escenario de la novela "Pena de muerte",
de Lafourcade, cuyos personajes son identificables -algunos de los
cuales ya están mencionados aquí- según el estilo de crónicas enmascaradas
de este notable novelista. Luis Oyarzún, autor de "Mudanzas del
tiempo", páginas selectas de un extenso diario de vida, evoca
socarronamente en la página 13, capítulo "Caleu, noviembre de
1948", la siguiente escena en circunstancia de que él mismo está
entre huertos: Este breve texto extraído de aquel hermoso libro de
un profesor de universidad que camina senderos y bosques de Italia,
Francia e Inglaterra, y que atesora como en un herbario los aromas
de todas las flores silvestres de su país, arroja luces sobre la dialéctica
fina, erudita, endiablada e irónica a veces, de estos dos personajes
legendarios de la literatura chilena: Luis Oyarzún, Eduardo Molina. “La lectura es una crítica a la existencia”, “Tiene permanencia la mirada nueva”, “La lectura es una palabra sobre la palabra, un pensamiento sobre otro pensamiento”, “Gastón Bachelard descubre la fantasía del conocimiento objetivo y descubre un nuevo movimiento de la imaginación, una sintaxis de la imagen, una estructura de la imagen”, “En filosofía aparece la imaginación como fenómeno de segundo orden pero Bachelard la valoriza y la destaca: es la parte creadora. Se trata del dinamismo de la imagen”. Palabras exactas de Molina, captadas con una grabadora en sus clases. “Acabar, realizarse, ver todas las cosas surgir bajo el signo de la energía. Esta enajenación está en la base de todo pensamiento moderno. Comunicarlos es el esplendor de su devenir íntimo, ontológico, perteneciente al ser y no a la forma exterior. No hay otra felicidad que el percibir esta realidad y comunicarse con ella. Estos nuevos críticos nos hacen descubrir un nuevo Racine, no el academicista sino el creador. El dinamismo de Corneille. El gran arte renace de sus cenizas. Hay un italiano ensayista en el Dante: descubre un Dante sobre el otro Dante, porque descubre una realidad psíquica. El autor que no produce sus lectores, no existe”. ¿El Príncipe es el autor de tanta metafísica? Si no lo fue, eso no tiene importancia. Esa metafísica era suya. “El poder de inspiración de los libros espera. Hay una selección previa del propio lector. Por lo tanto, se crea un valor. El lector resulta un creador del encuentro suyo con el autor. Se descubre lo que no se dijo. Los buenos libros no permanecen cerrados sino que siempre vuelven a inspirar ideas. Un texto malo no tiene la palabra viva polivalente”. En Molina está el amor de un vaso y de las flores. El rumor del bosque y el aliento del camino polvoroso rumbo a la cantina de Llo-Lleo. Quizás si el puente de Santo Domingo era el estropajo de un París desarticulado y desvanecido en el mito. La voz de Eduardo Molina desapareció de las cintas del escuálido ladrón de sueños. ¿Por qué todos -o casi todos- los que leen a Bachelard en la universidad, también los de afuera, no quedan impresionados sino por su transparente encanto imaginativo, por la belleza plástica de sus últimos libros? ¿Bachelard es eso? ¡Chaque fou sa marotte!... Todavía, y con mucho espanto, leí en un número de “Magazine Littéraire” (revista parisina, 1983), que una ensayista habló de él como “Inmense manipulateur d’images et de citations...Il lui manqué fort peu pour qu’il soit un sublime poète”. Nada más. Ese no es el científico puro, riguroso, doctor en química y física, que descubre maravillado que en cada actitud humana contemplativa hierve, en mayor o menor grado, un fluido imperceptible pero límpido y nocturno, que no tiene otro nombre que poetización. Él enseña que un químico que manipula elementos en búsqueda de una solución especial, está en una actitud poética. Lo mismo diría del niño que toma una tiza y busca una forma sobre el papel, pizarra, muro o suelo. Idéntico fenómeno cuando un militar, inclinado sobre un mapa, trata de descubrir nuevas tácticas o movimientos de fuerzas. A partir de este fenómeno psicológico es posible entender más esencialmente al hombre. Y, por cierto, un mundo nuevo dentro del arte. Bachelard había provocado una incursión distinta ante la hoja en blanco: el desafío de penetrar más profundamente en las razones que se tienen para ubicarse en un espacio tan amorfo como el arte. Tendría que investigar hasta en los resortes genéticos de un modo de ser, porque una raza mixturada al menos por dos vertientes, tendría su absurdo Vesubio o, tal vez, su propio aquelarre con brujos y brujerías manifestados sutil o brutalmente. Así, ¿qué distancia tiene que recorrer un lector de Santiago de Chile para conocer gestual e intestinalmente la poesía inglesa? ¿Cómo podemos entender el humour de Eliot? ¿Cómo acceder a la compleja poética de Mallarmé? ¿Y la razón spengleriana? Para entrever el curso de la humanidad hay que atrapar nociones de antropología, filosofía, religión, economía, sociología, y cuánto diablo más, recién para entrever que lo humano es la vida del hombre; que la anécdota biográfica y su opuesto el espíritu son un todo indestructible. Tanta bóveda clausurada. Tanto libro quemado. Porque viene la gran pregunta: ¿estamos preparados para ser escritores y arriesgar juicios sobre lo que nos rodea desde el micro al macrocosmos? Pregunta, en verdad, insoportable. Paralizarse. Virar. Encuevarse. Gatear. Llorar. ¿Qué? Trabajar. Trabajar. Estudiar. Beber. Amar. Indagar el pasado. En fin, moverse. Cuando Molina cerró vallas en torno al concepto de “literatura”, entregué un papel con un par de líneas y presuntuosas explicaciones adicionales. Pretendía, quizás ingenuamente, atrapar en unas cuantas palabras aquello que los sabios no han terminado de explicar. “Literatura, un fenómeno que construye un espíritu utilizando las propias técnicas del lenguaje escrito”. A la salida de clases, me dijo que le gustaría más adelante ver eso. Nunca volvió al asunto, quizás para no desperdiciar estocadas. O estaba ya muy cansado. Yo también olvidé aquello hasta hoy que reviso apuntes. Así, con buenos o malos frutos, se me abrió la “naranja mecánica”. Por eso, repito, nada más surrealista, intrínsecamente surrealista, que un texto literario, por muy plano, subjetivo o pedestre que parezca. Aprendí que podría escribir, si me lo propusiera, fantasías con lo terrenal, los genes, las miserias de las opresiones, el sudor de la frente y las axilas, la sangre y los espermatozoos. Si fuera capaz de liberarme de toda una historia personal de fronteras, pequeñeces, vanidades, marcas culturales y religiosas. Si pudiera. Porque bien vale la pena tratar de conocer la libertad del yo y sobrevolar las cavernas, las fosas de cadáveres y reinados. Si se pudiera. A lo mejor, se puede.”La única ley verdadera es aquella que conduce a la libertad”, ha graznado Juan Salvador Gaviota. Es la libertad espiritual que adoró Eduardo Molina y que entregó generosamente en sus clases y charlas. Cuando estuve en Lo Gallardo, él amenazaba con sus “memorias completas”. Y estaba trabajando en "Los días de nuestros años". Qué hermoso título, Fue un gran titulador. No mostró ninguna página. Pero me niego a creer que fuera una fantasía, un ensueño. La verdad la tiene el poeta y profesor Miguel Ruiz, también alumno de “Altazor”, ya que es el heredero material de todos los papeles que dejó el maestro. Un día yo paseaba solo y meditabundo por el bosque alto que hermoseaba una suave colina, dentro de la propiedad de Momo, cuando una voz me llama desde lo alto. Cierto: desde lo alto. Era Miguel, encaramado en un árbol. El semestre del año 1977 culminó en Montegrande, al pie de la tumba de Gabriela Mistral. Ese día, 12 de diciembre, hice circular un cuaderno sin líneas donde muchas personas (Miguel Arteche, Martín Cerda, Campos Menéndez, entre los mandamases, y Paz Molina, Armando Rubio y Miguel Ruiz, entre una breve suma de “alumnos”) dejaron sus impresiones captadas en tan denso momento. Allí, el Chico Molina me dejó manuscrita una espontánea improvisación: “En este valle de Elqui me siento en el fondo del misterio de la Mistral, piedras y poesía...”. Frase breve, estremecedora si bien se entiende. No solamente ese recuerdo tomé. En una reunión de camaradería, en el curso de ese viaje, recitó el poema que lo hizo famoso. En verdad, era el caballito de Troya que le hacían montar en tertulias bien regadas: "En la noche invernal". De esos versos se conocen variantes. Como por ejemplo, que el niño tiene una manzana roja en la mano. Ese espectáculo poético lo vivió en Chiloé. La maledicencia entre los escritores roza muchas veces la crueldad. En verdad había un fondo de maldad cuando le exigían recitar esas líneas porque suponían que no había escrito nada más en su vida. Decenas de invenciones -que el propio Molina incentivaba con la picardía danzando en sus ojos-, se le cuelgan (o colgaban), algunas de las cuales han sido publicadas con cierta displicente vulgaridad y desaplicación. La verdad es otra. Hay un material oculto, apenas revelado por Miguel Ruiz en el sencillo libro “Eduardo Molina, un poeta mítico” (Platero, Stgo. 1996). Y hay algo más sorprendente. Sorprendente para los que no sabíamos del siguiente hecho: Vicente Huidobro publicaba en 1935 unos cuadernos de acción política y literaria que llamó “Vital”. En el N° 3 de tan raro documento, hay una referencia a cierta exposición realizada en la Academia de Bellas Artes, en octubre de 1933, por Eduardo Molina y otro. Pero ese indicio de que nuestro personaje estaba presente en las actividades culturales de la época, no es nada con lo que aparece en la revista de poesía “Total”, de enero de 1936, perteneciente también a Huidobro (existieron otras, como “Ombligo”). Ofrecen obras de firmas notables como Julio Molina Müller, Rosamel del Valle, Gerardo Seguel, Volodia Teitelboim (poema “Fundación de la vida”), Enrique Gómez-Correa, Braulio Arenas, Adrián Jiménez y... el inefable Eduardo Molina Ventura. Sí, el mismo. Pero la existencia de aquel intenso poema no es antecedente de la jugarreta del Parque Forestal muchos años después. No era posible, bajo ningún punto de vista, burlarse de Vicente Huidobro. Estamos en presencia, entonces, de un vigoroso poeta surrealista que eclosiona en su ardiente juventud. Y no podía ser de otro modo, si formaba parte del corso de tan excesivos personajes y sí era lector privilegiado de cuanta obra europea le ofreciera su prodigioso anfitrión. “Mentiroso profesional, escritor sin obra y bohemio de las generaciones del 38 y 50”, excreta sin documentarse el cronista Roberto Careaga, de “La Tercera”, el 19.09.2008. Bohemio, sí, pero príncipe; y con esto dejo en claro que no fue un borrachín sino un extenso conversador de sobremesa en cualquier lugar que fuera. Cuando yo lo iba a dejar, se bajaba solo y sabía encontrar la desvencijada puerta de su “cité”, ese que, a pesar de todo, le ayudaba a subsistir arrendando piezas. Sabía ocultar con dignidad su pobre situación económica. Es decir, no era de este mundo.Cambien, en consecuencia, las miradas compasivas hacia tan ilustre personaje. Tomemos otros registros para una bibliografía general del poeta, y esta vez recogida por esa labor calmada pero certera de Jorge Teillier. Algunos apuntes de un artículo publicado en Las Últimas Noticias, Santiago, un 29 de mayo de 1977. Dichas glosas tratan de obras de Molina: el número 5 de Hipócrita lector ( revista literaria limeña) "In Memoríam", poema dedicado a Rosamel del Valle. En 1930, Gong -órgano literario de Valparaíso dirigido por Oreste Plath- publica una nota crítica sobre la metáfora renovadora en Huidobro y Neruda. 1935, "Hay un llamado", es el prólogo a Hombres de máquinas, novela de Laurencio Gallardo. Otro de sus prologados fue Efraín Barquero, poeta residente en Lo Gallardo; Molina escribe la introducción de El viento de los reinos y de la autobiografía de Barquero Arte de vida. En la antología Madre España (1937), donde Gerardo Seguel reúne a los poetas que rinden homenaje al pueblo español. En 1942, Andrés Sabella reúne a los poetas de la Universidad de Chile en una antología publicada en la revista Hoy: Molina ha escrito "Narrador sin familia", dedicado a Braulio Arenas. Por esos años, el Eduardo firmaba otros textos como "Diógenes Linterna". Lafourcade señala que en la revista infantil Semanita su rúbrica era la de "Marquesita Pompadour". Bajo anonimato, publica La mano ensangrentada serie folletinesca en Don Fausto. Braulio Arenas también escribió en esa revista de entretención y, se dice, que también en El Peneca, (1940-1950). Cuando le pregunté a Braulio sobre esos “pitutos”, me cambió la conversación. Y no insistí. Realidad y mito. Por allí se escabullen los fantasmas. La insistencia de los cronistas en recalcar la falta
de obra impresa del poeta es majadería. Hay muchos testimonios pero
lo que falta, simplemente, es la recuperación de sus “obras completas”
y eso mucho depende de los papeles que guarda Miguel Ruiz, documentos
que él confiesa que son ilegibles. De esta forma, el mito es realidad
y habría que reconocerlo pese a las pruebas en auto. Curiosamente,
como ocurrió con varios escritores notables de nuestra historia literaria,
parece que el personaje de carne y hueso, con su habilidad intelectual
y su arte de hablar, superó al que suscribió textos y libros. Estoy
pensando, además, en el propio Luis Oyarzún. A este ser ingrávido, Eduardo Molina, se le ha coronado con laureles, se le ha llevado a un tinglado de coligües y narcisos y se le han prendido los títulos más sublimes a los que puede aspirar un ciudadano egregio, muchas veces con crueldad o tal vez porque no había otra forma de nominarlo. Falleció en agosto de 1986. Miguel Ruiz entregó parte
del patrimonio poético de Eduardo Molina en su libro. Y refiere allí:
"Nos encontrábamos en Lo Gallardo, en casa de la Momo, su amiga
y mecenas, y en la de otra buena mujer, Mercedes Menares, mi madre,
quien lo acogió y asistió cristianamente durante los últimos meses
de vida del poeta, ayudándole a bienmorir aquella madrugada del invierno
de 1986." (p.57).
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