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Fernando Durán Villarreal veinte años después

(1908-1982)

por Juan Antonio Massone del C.


Conocí a Fernando Durán sin verlo jamás. No sé qué me llevó una tarde a elegir entre muchos libros habidos en los anaqueles de la desaparecida librería de Gonzalo Pineda, en calle Merced, el poemario Velamen, premiado en 1949 por la Sociedad de Escritores de Chile. Era 1972. Luego, su nombre se me hizo más habitual así como también sus iniciales o el seudónimo Androvar al pie de numerosos artículos publicados en El Mercurio de Santiago así como en el de Valparaíso, del cual fuera su director entre 1967 y 1973.

Ese vínculo que inicié conoció únicamente de palabras, pero ¡qué palabras las suyas! Leer las meditaciones firmadas con el nombre del poema dramático de Pedro Prado que recuperé de años anteriores—después leí las de Cándido--, los comentarios críticos acerca de libros, los análisis de facetas tan diversas del mundo contemporáneo o sus ensayos literarios y filosóficos me deparó un invariable goce estético, lo mismo que el enriquecimiento de su ver profundo, sensible, francamente vivo de la realidad incluida en los textos. Fiesta intelectual y poética que me acompañó y acompaña en mi docencia universitaria.

Aquéllo me animó a compilar sus escritos dispersos en diarios y en revistas. Improba tarea, habida cuenta de los lentos hábitos de atención y del deteriorado material impreso de nuestras bibliotecas públicas. Pero la cosecha ha sido abundante. Varias carpetas de artículos debidamente clasificados de acuerdo a los temas: literatura, análisis del mundo contemporáneo, estética, economía, lugares, personas, derecho.

La gratificada lectura engendró en mí el deseo de saber algo más del autor. Pero el morir de Durán—11 de septiembre de 1982 en Viña del Mar-- vino muy pronto para que las pesquisas biográficas me acercaran a su persona. Roque Esteban Scarpa elogió la disposición espiritual de Fernando Durán hacia la obra ajena y la alta nobleza de su escritura. En Hombres de palabras, el escritor porteño Carlos León delineó la silueta del poeta y ensayista. Después me lo han hecho familiar los textos reunidos en Herencia espiritual de don Fernando Durán Villarreal, publicados en 1982 por la Escuela de Negocios Adolfo Ibáñez, como también los testimonios de viva voz entregados por el periodista Horacio Hernández, el folclorólogo Oreste Plath, los escritores Patricia Tejeda y Manuel Peña, y sus hijos Fernando y Teresita.

En los escritos de nuestro autor compilados póstumamente en algunos libros: Ensayos y Poesía (1985); Biblioteca del periodista chileno (1997) y Fernando Durán Villarreal (2000), así como en los miles que esperan selección y ordenamiento en las silentes páginas de diarios y revistas nacionales, existe un ingente material que comunica una posición definida de la existencia, en la que resaltan el sentido misional de la palabra, la oportunidad de vivir humanizando el mundo que nos corresponde, el afecto hacia lo propio como es la tierra natal y la familia, el reconocimiento de la tradición y la apertura a lo nuevo, pues ni el tradicionalismo ni el nihilismo zumbón corresponden a la auténtica realidad, según decía; y, en fin, el cuidado y el cultivo de lo que se es humanamente, esa riqueza misteriosa que tiene en el tiempo de su duración el aliado y la prueba de un sentido que no lo niega el fracaso ni lo anula la muerte.

Tuvo este autor, nacido el 19 de mayo de 1908 en Quilpué-- ciudad donde su nombre figura al frente de un establecimiento educacional--, voluntad de servicio a través de la palabra. Docencia universitaria, discurso político, testigo analítico desde La Unión, de Valparaíso así como en algunas revistas culturales, en los ya mentados Mercurios y en sus intervenciones radiales, hablan a las claras de la diversidad de ese su magisterio de esclarecimientos en materias heterogéneas. Cumplió, también, plenariamente su condición de miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua en los diferentes trabajos que se le encomendaron. El último, fue su disertación acerca de Pedro Lira Urquieta, texto publicado en la serie de Cuadernos del Centenario de la Academia.

Pero esa palabra cotidiana modulada durante medio siglo no tuvo del autor voluntad de libro propio. A lo sumo compartió páginas en volúmenes colectivos. ¿Desprendimiento o desatención de lo propio? Tal vez ambas actitudes actuaron de consuno en él. Se avino a la página volandera, esa que recoge lo vivo de lo humano y que, luego de fugaz esplendor matinal, acepta reducirse a ceniza y olvido en las horas del mediodía, como dijera el inolvidable Carlos Silva Vildósola.

En Fernando Durán Villarreal todos los verbos conjugaban el más amplio de vivir. En la raíz de cada uno habitaba la fe y la esperanza. En su mirar cupo el panorama planetario tanto como la intrahistoria individual. Se dio por aludido a propósito de cualquier porción de realidad en la que sintiera necesario el debate ético y el gesto creador. Era un humanista con pie en lo trascendente. Inclaudicable en mostrar la soberanía de la persona en la trama de las circunstancias. Por eso insistió en la responsabilidad intransferible y en una bien fundada jerarquía axiológica del ser humano que es, simultáneamente, intimidad y convivencia; condición presente y proyecto de vida; tiempo perecible y apetito de más allá.

Descontado de su parte cualquier intención de totalitarismo intelectual. Incentivaba lo reflexivo, el examen sereno sobre los asuntos expuestos. En ese sentido no cabe dudar de las discrepancias que a uno lo embarga respecto de la percepción valorativa que pudo merecerle el fragor de un acontecimiento o las virtudes de una obra.

Imposible no percibir de lo anterior un motivo más para sentirnos deudores de esa coherencia que nutrió a sus palabras con la belleza abierta a la vinculación de sus lectores, quienes, acaso necesiten en estos tiempos de intervención tan vigorosa y alada como la suya, henchida como fue de convencimiento de que cada obra, cosa o trabajo esperan ser vistas y redivivas desde ese perspectiva enaltecedora de humanidad libre que invariablemente él sembró en su escritura.



 

 


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