ENSAYO

Aproximaciones a la idea de continuidad.
Freud, Lacan, Bataille.

I

Es frecuente encontrar aproximaciones a la teoría psicoanalítica centradas en descubrir algún concepto que pueda servir de nudo para el despliegue teórico posterior. Pese a que en un primer momento nuestra especulación pueda entenderse como un proyecto semejante, lo que busca es adentrarse en antiguas articulaciones conceptuales como condición de posibilidad para concebir articulaciones nuevas.
La idea de continuidad no pertenece estrictamente al ámbito psicoanalítico. Sin carecer de referentes filosóficos previos, parece haber sido tratada con más cohesión por Georges Bataille. En lo que sigue, intentaremos reunir argumentos de autores como Freud, Lacan y Bataille, así como de otros pensadores, con la esperanza de encontrar la novedad en la repetición.
Tal vez algunas palabras de Freud puedan señalarnos el camino para nuestra siguiente reflexión. “Lo que viene es pura especulación y a veces harto extremada, que el lector aceptará o rechazará según su posición particular en estas materias. Constituye, además, un intento de perseguir y agotar una idea, por curiosidad de ver hasta dónde nos llevará” .
Iniciemos ahora nuestra aproximación a la idea de continuidad y veamos cómo podría entenderse este concepto a la luz del pensamiento de Freud, Lacan y Bataille, entre otros.

II

Extraña, por decir lo menos, es nuestra perspectiva como sujetos expuestos al misterio de lo real. Por una parte, lo real es aquello que nos es vedado, el rostro oscuro de la realidad que está más allá de nuestra experiencia; por otra parte, lo real es aquel fantasma anterior a las imágenes y las palabras con las cuales pretendemos capturarlo. Lo real nos trasciende y nos antecede a la vez, y a partir de aquí ya estamos instalados en los dominios de la paradoja.
Nuestra representación psíquica de la realidad –ámbito del cual lo real se excluye- no es menos inquietante, desde que representar implica establecer un corte en lo continuo que nos permita nombrar la diferencia. La identidad inefable que supone lo continuo se nos oculta como totalidad simultánea. De allí que nuestro aparato psíquico haga el esfuerzo por tramitarla de modo que aparezca ante nosotros como discontinuidad desplegada sucesivamente a partir de lo continuo. Se podría inferir, desde este razonamiento, que todo ordenamiento es una ilusión de la vida anímica.
Nuestra ilusión de discontinuidad se hace efectiva como articulación en el lenguaje. Si admitimos que es el lenguaje, morada del ser, aquello que nos constituye como sujetos, ¿cuál es el lugar de lo continuo en nuestra naturaleza subjetiva? ¿Acaso es la continuidad aquel terreno indecible que surge como refugio del habla, como una articulación en ruinas para la arqueología de una subjetividad otra y olvidada? Estas preguntas nos advierten que la idea de continuidad no es fortuita ni puede pasar inadvertida para el pensar psicoanalítico.
La continuidad es un lenguaje primero, ajeno y anterior al lenguaje. Más que lenguaje, es una articulación sin palabras, un discurso que nos excede. En cuanto discurso, no obstante, necesita de lo discontinuo para discurrir. En este sentido, la continuidad no es pensable como identidad, sino como aquel punto más allá de los límites del lenguaje donde identidad y diferencia se articulan en una visión global. Pero dentro de sus límites, el lenguaje está sometido a la contradicción de reunir la experiencia de un modo que tiende a dispersarla. Curiosamente, suele ser el lenguaje mismo, en particular la poesía, quien mejor lo refleja:

“La relación de unas cosas con otras
iba borrando, poco a poco, las cosas
Versos sin palabras
Formas sin figuras.

No bien partía un barco de oro de la orilla
Cuando ya no era orilla ni barco ni partía.”

Este poema que Enrique Lihn escribió inspirado en una pintura de Kandinski refleja la precariedad del orden de lo discontinuo y la incertidumbre frente al lenguaje en cuanto articulación. También el sentimiento de que nuestra existencia es “esa apertura a todo lo posible, esa espera que el juego del lenguaje no sabría engañar” . La discontinuidad nos sujeta, pero nos sujeta de un modo inquietante, como seres arrojados al abismo y colgados de un risco llamado palabra. En el lenguaje todo se construye y deconstruye: las cosas desaparecen, reunidas y dispersadas por la palabra.
¿Es posible la temporalidad en lo continuo? Consideremos que en la discontinuidad, la temporalidad está en perpetua ruptura consigo misma: la secuencia imaginaria del tic-tac encubre el infinito tic-tic monocorde. La temporalidad de lo continuo, si es pensable, podría concebirse como el pasado radical de la alteridad que deviene ahí –en un presente que es ausencia- para ser arrastrado otra vez hacia lo continuo. Es precisamente en la palabra donde el sujeto se hace cargo de la ausencia de dicha temporalidad: la diferencia es la cura imaginaria para la identidad herida. ¿Qué pasa entonces con el silencio? Pavese, gran poeta italiano, nos dice:

“Un poco de silencio y cada cosa se detiene
en su lugar real, así como está detenido mi cuerpo”

Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, el inconsciente es en su límite puramente silencio. “El inconsciente está siempre vacío”, dijo Levis Strauss . Para Pavese, el silencio está vinculado con lo inmóvil, lo real y lo corporal, asociación que no es azarosa. De acuerdo a Bataille, el lenguaje se limita a mostrarnos los accesos a la contemplación silenciosa del ser en su cumbre, en el instante decisivo de la transgresión de sus mismos límites. “En ese momento de profundo silencio –en ese momento de muerte-, se revela la unidad del ser, en la intensidad de las experiencias en las que su verdad se separa de la vida y de sus objetos” .
Desde el silencio, el sujeto es arrojado al lenguaje, y en su transgresión funda su retorno. El silencio está antes de la palabra y también después, en su límite. El silencio es lo real del lenguaje: lo antecede y lo trasciende: la palabra es excedida por el silencio del mismo modo como el sujeto es excedido por el registro indecible de lo real. El lenguaje, entonces, es un rodeo para volver al silencio. El lenguaje es el accidente del silencio.
Si el momento del silencio es un momento de muerte, el sujeto no sólo es un ser-para-la-muerte sino también un ser-para-el-silencio. Como el silencio y la muerte son instancias donde lo corporal accede a la inmovilidad de lo real, silencio y muerte son esferas propias de la continuidad. El hombre no es sólo sujeto del lenguaje sino también –y quizás por sobretodo- sujeto de lo continuo. El ingreso al registro de lo simbólico que marca la subjetividad del sujeto está fundado sobre su condición de sujeto del discurso.
El inconsciente es, siguiendo este razonamiento, el campo de lo continuo. De allí su vacío: la vida y su alteración circunstancial suponen que al sujeto de lo inconsciente le sea arrebatado su discurso continuo a cambio de un lenguaje articulado en diferencias.
Existe, sin embargo, un movimiento inconsciente que intenta imponerse sin tener en cuenta el lenguaje: ésta es la moción del deseo. Si el inconsciente es el campo de lo continuo, el deseo representa aquella porción del discurso que se resiste a ser tramitado como lenguaje. Desde que el lenguaje es castración, el sujeto del deseo se niega a desaparecer bajo el sujeto del lenguaje. En el campo discontinuo de las palabras, el deseo se encuentra alienado. El deseo necesita, por tanto, de la recuperación de lo continuo por sobre la articulación, requiere del acceso a una continuidad en la cual pueda realizarse. Para Bataille, el deseo –discurso en ruinas- vuelve a emerger en el erotismo, considerado como experiencia interior de continuidad.
El erotismo, según Bataille, está gobernado por la nostalgia de la continuidad perdida en la individualidad y en el lenguaje. En el ámbito del discurso, las esferas de lo continuo se sobreponen. El erotismo es silencio: está más allá de los límites del lenguaje; es la transgresión que liga prohibición y goce. El erotismo también es muerte: conciencia de duración finita que lleva al extremo del sinsentido. En síntesis, el deseo erótico implica la ruptura virtual de la discontinuidad para el retorno relativo a lo continuo.
Hemos seguido algunos de los accesos a través de los cuales se nos revela la continuidad y en ella nuestra condición de sujetos de lo continuo. Hasta ahora nos hemos referido al lenguaje como la articulación sobre la cual se vierte el discurso. Sin embargo, nuestros descubrimientos podrían llevarnos a conclusiones insospechadas.
Indagando en el ámbito del lenguaje, podríamos establecer -de acuerdo a Lacan- que el inconsciente opera en base a deslizamientos de significantes, desplazamientos y condensaciones, metonimias y metáforas. El registro simbólico del lenguaje fundado en la discontinuidad fálica que instala el nombre del padre, es a la vez la señal del retorno imposible a la continuidad perdida. Por una parte, el significante es siempre la expresión involuntaria de un ser hablante, la circulación inagotable de un contenido vacío. Por otra parte, a través de la metáfora y la metonimia el lenguaje se desarticula a sí mismo, en una serie de sustituciones donde el sentido revelará su condición de alteridad en el sinsentido. El lenguaje está sometido indistintamente a la paradoja de articular y desarticular. La discontinuidad muestra en la diferencia el retorno imposible a la continuidad.
El lenguaje, en su intento por cancelar el deseo, oculta el deseo más originario de volver a lo continuo. Las palabras, más que comunicar, buscan no comunicar. O mejor dicho: nuestro afán por comunicarnos surge del deseo más remoto de no tener la necesidad de comunicarnos. En teoría de sistemas se dice que es imposible no comunicar. Esto es cierto, pero en vez de explicarlo de modo conductista afirmando que esto se debe a que toda conducta es comunicación, optamos por fundar aquella imposibilidad en el hecho de que para el lenguaje el retorno a la continuidad está clausurado.
Hemos vuelto a Freud y a Lacan. A comienzos de la década de 1920, el primero se había convencido de que la vida psíquica era irreductible a las fórmulas lingüísticas y mecanismos de lo inconsciente. El segundo, más de alguna vez se refirió a la idea de repetición como uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis.
La repetición supone a la continuidad como condición de posibilidad. El deseo de hacer surgir lo olvidado nos remite a la nostalgia por el discurso. La pregunta por el sentido de la repetición es en sí misma la pregunta por el sinsentido que impone la trasgresión del límite, límite no sólo del lenguaje y de los cuerpos, sino también del fenómeno vital en su sentido más amplio. La muerte se nos revela entonces como el espejo de las contradicciones humanas. El miedo a la muerte no es tanto la angustia frente a la experiencia última o el terror frente a lo inefable, sino el desgarrador e inquietante asombro que surge de nuestra mínima conciencia sobre el curso de la vida. En su temporalidad caída, la vida se nos muestra como el constante enfrentamiento entre continuidad y discontinuidad. El sujeto articulado en un lenguaje es impulsado a vivir por su deseo de retornar a la continuidad del discurso, pero este retorno es en sí mismo la muerte. El lenguaje es el rostro del deseo imposible de volver a lo continuo. En su intento por cancelar el deseo, el lenguaje no hace sino mostrarlo, llevando la articulación al límite de la desarticulación, la discontinuidad a la experiencia de la continuidad, paradoja que la muerte desnudará revelándole al hombre, en un instante ínfimo, su contradictoria naturaleza.

(1° Congreso Universitario de Psicoanálisis, 1997)