jaime hales


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CUENTO

 

Y NOS DIERON LAS DIEZ *

1


Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto.
Habíamos llegado en gira como otros veranos, a uno de los tantos pueblitos mediterráneos blancos, concurridos y hermosos. Esos con sus casas colgando de los cerros entre el calor y el mar, enmarcando nuestros recitales hasta avanzada la noche.
Todo un éxito. El pueblo entero concurrió a escucharnos, vernos y aplaudirnos. Casi todo el pueblo, según supe poco después.
Obligaciones cumplidas, los instrumentos ordenados, las felicitaciones recibidas, los autógrafos firmados, fuimos a buscar un bar para celebrar como es debido, antes de dormir. Una copas siempre vienen bien como preludio del reposo.
Largos minutos avanzando, por calles curvas hacia los cerros y hacia el mar. ¿Era muy tarde ya? Todo estaba cerrado y las voces de los últimos jóvenes se acallaban a lo lejos. Cuando ya mis compañeros querían abandonar para ir a dormir, percibí una energía misteriosa que me aseguraba que, esa noche, habría algo especial reservado para mí.
Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Una única luz para muy poca gente. Más que veraneantes, parroquianos del año entero, era un bar de siempre, con la historia impregnada en sus muros, ubicado más cerca de la plaza principal que de la playa.
Ahí estabas tú con tus ojazos hermosos, única mujer entre vasos y botellas, en medio de los hombres rudos, trasnochados y serios.
Y me miraste.
Y te miré y quise que mis compañeros se hubieran ido a dormir, que los parroquianos también, que sólo tú y yo estuviéramos allí. Llenabas mágicamente todo ese paisaje de botellas y decorados andaluces, tan nuevo, aunque para los ojos de muchos pudiera ser igual al de tantos bares de tantos pueblos donde dimos tantos recitales. Tú estabas ahí, tras esa barra añosa mirándome con los ojos fijos, sabiendo que yo era el cantante que esa noche había ocupado la atención de todos menos la tuya, porque tenías que trabajar y eso te interesaba más. En el fondo, era tan sólo una protección cósmica de la que no tenías conciencia todavía, para evitarte un ataque de enamoramiento o el despertar de una nostalgia como sólo lo hacen mis canciones.
Me miraste con ojos profundos y maravillosos, algo sorprendidos y contentos. Percibí un estremecimiento en tu cuerpo, así a la distancia de varios metros, desde la puerta hasta la barra; quise desprenderme de mis compañeros y, empuñando mi guitarra, a modo de protección dirías después riendo, me fui a instalar en un taburete junto a tu mirada señorial. La sonrisa de tus ojos me cautivó de inmediato.
- “ Cántame una canción al oído y te pongo un cubata”-.
Así, suavecito, me lo dijiste casi en silencio, para que nadie oyera. Fue lo primero que te escuché decir.
Tú, detrás de la barra, mirándome; tú, la única mujer del pueblo que no había escuchado mi recital; tú, coqueta, hablando arrastradito, muy pronunciado, los pechos tostados de sol y sal, brotaban de la camisa roja con vuelos y encajes. Llevabas el pelo negro y crespo, selvático, morisco, andaluz a toda prueba, prendido a la izquierda con flores y tus cejas gruesas enmarcando una mirada juguetona.
Yo, guitarra en mano, sentado con los pies colgando, gozando el cansancio de una noche entera de cantos, un cigarrillo a medio fumar y los compañeros de la banda, desaparecidos en plena acción, seguramente sonriendo en un rincón perdido del universo. Yo no los volvería a ver hasta el siguiente concierto.
- ”Con una condición: que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata”
Así de claro y simple, te lo dije todo en esa frase que me brotó espontánea. Yo aún no sabía que serviría para el comienzo de una nueva canción, melancólica, juguetona y nostálgica, como tus pasiones kilométricas. Era, me diría otro poeta, el inicio de una historia verdadera, no destinada al canto ni al relato.
Por toda respuesta, pusiste frente a mí la copa.
Todo claro y resuelto, aceptado el desafío.
Saliste de la barra, seductora como gata, pero fuerte como pantera, para ponerte a mi lado, de pie, con el garbo esperado, la falda oscura con vuelos, llegando hasta poco más arriba de la rodilla (hermosa rodilla, pensé, aterciopelada, me corregiste muchas horas después), tu oído muy cerca de mis labios
Loco por conocer los secretos de tu dormitorio, esa noche canté al piano del amanecer todo mi repertorio.
Quise grabarte en mi memoria. Tus caderas comenzaron a moverse al ritmo de mis canciones, las mismas del recital de esa noche, pero ahora con más sensualidad y las ansiedades personalizadas, más veraces por cierto. Incluso intenté tocar tus piernas con las mías, aproximarme a tus pechos tras el escote generoso, gozar con un olor a hembra seductora que empezaba a descubrir mientras te acercabas más y más.
Y yo cantando, tú moviendo el cuerpo, yo tocando la guitarra, tú el oído más cerca de mis ansias, tú tan cerquita mío y yo cada vez más decidido a seguir cantando, toda la noche si era preciso, hasta que pudiéramos quedar solos.
Los clientes del bar uno a uno se fueron marchando, tú saliste a cerrar, yo me dije: “cuidado chaval, te estás enamorando”.
Cuando quedamos solos, sentí miedo: porque esto era nuevo, no lo experimentaba desde la adolescencia. Tantas aventuras de amor, tantos recitales en tantos pueblos con mar y ahora, ya de viejo, casi a los treinta, me venía a suceder.
Te miré una y otra vez, sintiendo tus energías poderosas desplazadas desde tu cuerpo, a partir de tus ojos, desde los pechos acogedores y tus caderas rítmicas.
Si, me estaba enamorando.
Un amor casi a primera vista. El tuyo pudo ser a primer oído. Canté mis canciones más seductoras y noté cuando una pena se alojó en tus ojos y para sacarla me fui con una y otra, canté las más alegres, las divertidas, las picarescas, las fuertes.
Siempre he temido a la nostalgia.
Cerraste. Algunas luces permanecían aun encendidas cerca de la barra donde no cesaba de cantar.
Luego todo pasó de repente, tu dedo en mi espalda dibujó un corazón.
Esa fue la señal. Ya no era sólo la proximidad de las miradas, los calores desprendidos a corta distancia o el olor de tu respiración.
Era tu mano tocando mi espalda ansiosa, la que reclama las ausencias y reconoce los amores aun antes de que hayan nacido. Cargada de historias y recorridos por tantas caderas y esperanzas. Mi espalda recibiendo ese dedo que dibujaba el corazón de cupido, desde el omóplato derecho, pasando por el centro y luego subiendo hacia la izquierda. Toda una historia en milésimas de segundo, un tiempo incalculable, un tiempo que es el todo y la nada, el misterio del viejo Einstein resuelto por ti, asumido por nosotros, transformado el mundo en energía pura, con toda la aceleración de las masas, las carnes, la sangre. Tu dedo en un instante de duración eterna, un big bang de la pasión desenfrenada, un dedo que no se separó de mi piel hasta que el mundo enloqueció.
Solos tú y yo, el bar a media luz como en el tango, varias copas en el cuerpo, tu pecho bordado de rojo saliendo al encuentro de mi ansiedad.
Y todo pasó.
Y mi mano le correspondió debajo de tu falda.
Yo no dejé de cantar. Sólo solté la mano izquierda, la que pone los acordes; con la derecha seguí golpeando las cuerdas, seguí tocando suavemente las maderas de la guitarra para marcar el ritmo, cerrando los ojos, percibiendo un dedo enérgico de piel morena que se desliza por mi espalda dibujando un corazón.
Y una mano izquierda, que es casi mía, se aventura bajo la falda oscura de flecos, tocando tu rodilla y el muslo, por delante y por detrás, con suavidad, pasando uno a uno los dedos como si fuera un piano, presionando palma entera. Continúo avanzando hacia el pubis, siento las nalgas, que tú endureces y luego sueltas alternativamente, mientras aquel dedo en mi espalda se ha transformado en muchos dedos recorriéndola. Sigo cantando y mi mano busca tus vellos, los tomo con delicadeza de artista, tus dedos agitan mi sangre por la espalda y ponen en tensión la musculatura que habrá de recibir las caricias por una vida, que será breve y eterna, según la propia capacidad de sobrevivir a tanta fuerza y percibo tus humedades que me acogerán. Una mano sigue tocando la guitarra, la otra recorre tu cuerpo que se adhiere al mío, mientras sigo cantando, y tú gimes, dejas caer besos suaves en mi oído y no doy más.
Porque he enloquecido completamente.
Todo, todo, todo pasa.
Trato de hablar, pero tú me dices, como adivinando mi pensamiento, "cuidado con hablar y jurar, que eso siempre termina mal, sobre todo en estos pueblos de mar y estrellas". Tragas mi respiración con tus besos.
-"Llévame a tu hostal, cantante" -dice una voz con ecos que parece tuya- "y allí pasaremos lo que queda de noche, porque ya se anuncia el amanecer tras las sierras. Dormiremos con los cuerpos pegados, vamos, vamos, cantante, antes de que salga el sol, pues si no volveré a la realidad y todo quedará en nada, me pondré razonable y ya sabes que nada hay peor que eso, tengo prisa"
Yo sin hablar, sin cantar, sin poder decir sino respiraciones entrecortadas, con la guitarra perturbando los hombros, pechos, manos, todo adherido y humeante, recorriéndonos como adolescentes en etapa de descubrir. Salimos del bar antes de que aclare y nos vamos luciendo nuestro amor a las últimas estrellas, en un espectáculo de muros blancos y calles vacías que sonríen en silencio.
Caminito al hostal nos besamos en cada farola.
Y te apoyabas, te frotabas contra mi cuerpo, recibías mis besos y tú, que tenías las dos manos libres, las aprovechabas bien, reclamando yo contra mí mismo por cargar con la guitarra.
Era un pueblo con mar. Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola...
No supe nunca qué pasaba por ti.
Tenías una pena instalada en los ojos, una nostalgia de amores perdidos o un sentido trágico del tiempo y de las relaciones. Cuando te tocaba, no salían sino gemidos dulces o palabras que pedían más amor, más besos, más caricias, sin explicar nada. Y en los descansos, cuando acariciaba tu piel y tú besabas con ternura mi pecho, nada dijiste de ti, ni que me recuerdas esto o lo otro o si acaso tenías una historia vigente, o un marido o una aventura preparada para el invierno. La pena de tus ojos era evidente. Y no se fue jamás.
-"Como si yo te recordara a alguien"- te dije.
Pero tú respondías:
-"Calla cantante, sigue amándome, besa, besa, besa más"-
Yo quería estar contigo hasta la eternidad misma, temiendo que si dejaba de amarte, se rompería el hechizo y tu desaparecerías convertida en rana o bruja o caballo o colibrí.
Faltaba poco para el amanecer cuando llegamos al hostal y sin más ruidos que los de los besos y la respiración entrecortada entramos a mi habitación.
Arranqué tu blusa roja para abrir paso a tus pechos enormes, morenos, con pezones oscuros.
Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna
Porque amaneció y seguimos amándonos, hasta que la mañana estaba avanzada.
Y cuando dieron las diez te ofrecí café y preferiste mis besos.
A las once pensé que tenías sed, pero era sólo de mí.
Cada hora pasaba y me dijiste muy seria que no mirara tanto el reloj, que yo no tenía concierto pendiente, ni tú irías a abrir el bar mientras el sol no se pusiera. Era nuestro tiempo de amar.
Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna
Ya fue hora de despertar. La luna nueva se abría paso en el horizonte, cerca de los riscos que dejaban ver el mar.
Tú estabas vestida, con la misma blusa roja y esa falda oscura.
Toqué tus rodillas y comprobé que seguían de terciopelo.
Te alejaste de la cama hasta la puerta.


2

Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos.
Indudablemente yo había enloquecido. No sólo me había enamorado de ti, sino que, frenado por esas nostalgias entrevistas en una tristeza en medio de placeres incontenibles, no fui capaz de decir nada para impedir que te fueras de mí. Sólo vine a reaccionar horas más tarde, muchas horas después, cuando ya avanzada la noche, encontré un papel de mis compañeros diciendo que me esperaban en una cueva gitana para bailar y escuchar esos cantos arrancados de la tierra. Me vestí rápidamente y corrí hasta el bar.
Un letrero en la puerta decía: “Domingos No”.
Salimos muy temprano en la mañana, aun no amanecía y yo estaba completamente borracho de tanto vino tinto entre bailaoras y cantaoras, en un estado de desconcierto que impidió percatarme de adónde íbamos. Sólo vine a despertar en vísperas del concierto siguiente, en otro pueblo costero.
El verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno.
Tu amor quedó grabado en mis labios y ese año, todo ese otoño y todo ese invierno no fueron más que la espera para regresar a tu pueblo y verificar cuánto me habías amado aquella noche. Necesitaba comprobar lo de tus pechos y tus caderas, proceder a interrogarte sobre todas esas palabras no dichas en medio de tu amor entregado con frenesí, a pesar de que mantenías las reservas de esa tristeza oculta en un rincón de tus ojos.
Y a tu pueblo el azar otra vez, el verano siguiente me llevó...
Fue casi el azar, aunque en verdad lo decidí yo. Los empresarios querían otra gira, de más nivel dijeron, porque el éxito me permitía aspirar a mejores escenarios. Yo estuve de acuerdo, pero insistí que dos o tres pueblos de la anterior podrían significar una cábala.
-"Por ejemplo aquel, en que nos fue tan bien"- decía yo, tratando de recordar el nombre de tu pueblo, que en verdad nunca supe, porque salvo tú, todo lo demás era igual a esos pueblos con mar.
Y los compañeros, que sabían de qué se trataba mi cábala, dijeron que bastaba con recorrer los tres primeros.
No fue el azar. Yo te buscaba.
Quise comprobar si este año mi amor seguía vigente, tanto como mi recuerdo y si tú te atrevías a ir al concierto.
Irías.
Allí estarías para cuando yo cantara un vals recién compuesto en el que rememoraba nuestro encuentro apasionado. Era una melodía un poco arrancherada, con tonos del Perú o mexicana, un cantico alegre escrito no para el éxito, sino para sanar las penas del alma y celebrar lo que habría de ser nuestro segundo encuentro y el mejor. Esta vez te tomaría para ir conmigo en todas las giras, hasta que pudieras.
...me llevó y al final del concierto me puse a buscar tu cara entre la gente.
Pero no la vi. ¿ No estabas? ¿ Sería posible? ¿O no te habías atrevido? Seguro, me esperarías en el mismo bar, en tu reinado de amor, tras la barra, como el otro verano.
No recordaba ni siquiera la localización exacta del bar, sólo que estaba más cerca de la plaza que del mar.
Pregunté por tus ojos, por tus pechos, por tu blusa roja con escote, por esas piernas de terciopelo y la mata de pelos pescados con flores a la izquierda de tu cabeza.
Y no hallé quien de ti me dijera ni media palabra. Parecía como si me quisiera gastar el destino una broma macabra.
Nadie te conocía ni había escuchado hablar jamás de ti. ¿Era todo un sueño? ¿ O era de verdad una broma del destino?
Llegué hasta la plaza y ahí vi la esquina, las mismas estrellas en el cielo y miré hasta ese bar que era tu territorio privilegiado.
No había nadie detrás de la barra del otro verano. Y en lugar de tu bar me encontré una sucursal del Banco Hispano Americano.
No podía creer lo que estaba viendo. El bar tradicional, histórico, construido quizás hacía cientos de años, templo de la amistad por generaciones, lugar para parroquianos y no para veraneantes, había sido demolido y en nada más que un año los constructores de los nuevos templos y los monumentos que esta modernidad legará a la historia, habían levantado la sucursal de un banco.
De mis ojos brotaron lágrimas, como en la canción mexicana.
¡No podía ser!
Pero era cierto y rogué al cielo que, al menos, te hubieran permitido salir del bar antes de lanzar encima estas moles de cemento y de cristal para sepultar, en créditos e intereses, los recuerdos de miles: sobre todo los nuestros, tuyos y míos, morena.
Tu memoria vengué a pedradas contra los cristales.
Estaba loco. Ya no sólo de amor, como hacía un año, sino también por la desesperación ante el espectáculo de un banco en lugar de tu bar.
Llegaron los guardias.
-"¡Aquí hubo un bar!"- exclamaba yo, mientras ellos trataban de tomar mis manos para que no pudiera seguir lanzando piedras en media noche, haciendo sonar las alarmas con un escándalo que no se había visto en el pueblo desde la guerra del 36.
Y ellos me decían: " que aquí hay un banco y que aunque hubiera bar, no lo puedes agarrar a pedradas"-
“ Sé que no lo soñé ”, protestaba mientras me esposaban los municipales. En mi declaración alegué que llevaba tres copas
Supongo que eso no es una excusa válida.
Pero el comisario supo que mi enloquecimiento transitorio era de amor y que mi representante, hombre serio y conocido en toda la región, se haría cargo de los daños.
Yo lloraba, incluso cuando me sacaron con destino al hostal. Mis compañeros trajeron más vino y uno de ellos se mantuvo cerca mío muchas horas, temiendo que me quitara la vida.
De pronto me incorporé: el tiempo había transcurrido, eran las diez o las once. Tomé la guitarra y empecé a tararear el vals aquel que preparaba para nuestra celebración, y le fui añadiendo las piezas que faltaban dándole un tono igual a tus orgasmos sucesivos: apasionantes pero con un dejo de tristeza; alegres, sin perder la nostalgia.
Y empecé esta canción en el cuarto donde aquella vez te quitaba la ropa.
Yo abrí tu blusa para inundarme con el mar de tus pechos. Los besé con tanta desesperación que debiste decirme:
- "Calma, cantante, que hay mucho tiempo por delante"-
- "La noche se va, decía con mis besos"-
Y tú agregabas:
- "Pero el día no hace más que comenzar"-
Y ambos, desnudos completamente cuando el sol se abría paso raudo a través de las ventanas, yo adentro tuyo y tú rugiendo y recorriendo mi espalda con los diez dedos de tus manos, aferrándote a mis tareas pendientes y a la libertad insuficiente.
Llegó tu primer orgasmo cuando yo iba en ascenso de excitación. Sentí tu vagina apretando mi pene, como si quisiera exprimirlo, lo llevaba más adentro y lo sujetaba hasta que me era imposible moverlo.
Gritaste con los ojos cerrados, marcando tus dedos en mis hombros, tomando mis nalgas.
Con fiereza me apartaste y cuando yo caí de espaldas, sorprendido, te lanzaste sobre el instrumento erecto, sentada sobre mí, una penetración distinta, en la que yo era el más pasivo y tú me cabalgabas con locura.
Me derramé en ti.
Y nos dieron las diez...
Te ofrecí café. Pero preferiste que te besara en los labios y pasara mis manos por sus piernas.
-" Quiero más, cantante, decías, pasa tu mano por los otros labios"-
Y con tu propia mano me fuiste guiando.
- "Tócalo, tócalo"-
Y yo movía mis dedos en varias direcciones. Uno frotando tu clítoris, otros separaban los labios, otros entraban por la vagina y sacaba de allí los jugos para suavizar los demás roces. Más y más, pedías y gritaste en cuatro orgasmos separados por pocos segundos unos de otros. Siempre con los ojos cerrados para no dejar escapar la tristeza.
...y las once,...
Pensé que tenías sed, porque tu voz había enronquecido, pero era sólo de mí. Habías descubierto mi dureza y mientras me pedías que tomara tus pechos y acariciara tus pezones, más fuerte, más fuerte, te fuiste deslizando, morena mía hasta mi pene y lo hiciste tuyo con tus besos y tu amor, bebiendo de él toda la energía que habrías de necesitar en el tiempo que no te vería, que sería más de lo previsto: quizás toda la vida.
...las doce y la una y las dos y las tres...
Cada hora pasaba, sin desaprovechar nosotros ni un minuto.
¿ Recuerdas?
Cuando te dije que había contado quince orgasmos seguidos, ganados con todos mis instrumentos, me preguntaste si yo era cantante o estadístico. Entonces no seguí la cuenta de los demás.
Y nuevamente me pediste que te penetrara, ahora acurrucada y luego recibiendo quietecita, para ser apasionada cada vez que lo estimabas conveniente.
Sé que a las tres tenías hambre, pues diste cuenta a grandes mordiscos de esa manzana, con cuyos restos te frotaste el cuerpo para pedir que pasara mi lengua por tu espalda, tus nalgas, tus piernas, tus hombros, tu sexo, todo con sabor a manzana y ese olor de hembra salada, tostada completa (¿te asoleabas siempre desnuda?) y me sugeriste que volviéramos a empezar como si todo fuera nuevo.
Cuando supiste que me preocupaba por tu trabajo o tu casa o un marido imaginario o hijos esperando, dijiste que no debías abrir el bar hasta muy tarde y que siguiera amándote, que había tiempo, mucho tiempo para algunos otros orgasmos.
Dormí un rato.
...y desnudos al anochecer nos encontró la luna.
Ya estabas vestida.
Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna.
Tú estabas vestida y yo, desnudo, te abracé.
- "Adiós cantante"- dijiste, tan andaluza. -" Ojalá que volvamos a vernos"-


 


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