“Los artefactos nacieron de la
explosión de los antipoemas”.
N.P.
Cuando el poeta habló, habló en propiedad sermoneando (La Reina, 26.04.81). La reencarnación del Cristo de Elqui (Domingo Zárate Vega) no es casual. Parra sabe “que algo anda mal…”, y lo dice en el lenguaje del pueblo, su lenguaje. No tiene empachos: él es pueblo puro. El Cristo de Elqui es pueblo puro. Ambas voces –aún literariamente- son coincidentes. En “La Promesa y la Vida” (Ed. Cultura, Stgo., 1948, Zárate dice: “Como me considero un admirador de los intelectuales, de la literatura y del libro, deseo contribuir con mi granito de arena acerca de lo que he podido observar”. ¿No se parece la voz del santón a la voz del poeta? Y, en estricto sentido, ¿no son poetas ambos? Los “Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui” se publican casi treinta años después, cuando Parra tiene una certeza: su lengua tomó ya las proporciones de una solución. Él lo explica al pie de nuestra montaña santiaguina, en estos que llamamos “sermones de La Reina”. Sin embargo, hay algo que entender primero: su discurso no es de líder, no ambiciona ser líder, ni ambiciona transformar la sociedad con su palabra. Él se sabe en evolución. Más bien espera que la sociedad –la tribu- cambie. “Yo soy más yerbatero que mago” parece ser su mejor autodefinición. Pero, hemos querido verlo diferente a esa apostura que nos tiene acostumbrados… ¿Por qué se le ve lejano, con una mirada que ya parece tener siglos y que parece que resistirá todos los vientos y todas las lluvias? Misterio. Él no aspira a parecerse a un moai. El espectador enmudece ante un monumento así. Él no quiere eso: quiere que el espectador sonría y tome parte de su juego. Diríamos que Parra puede ser un moai con sonrisa de huaso socarrón. Pero la tribu lo respeta justamente como a un moai.
(Esta entrevista fue publicada con el dibujo que se acompaña, del autor).
Escuchemos su primer sermón:
-Hay un problema grave, es el problema del nuevo lenguaje. Si no se puede hablar como antes. Cambió la caja de resonancias y hay que aprender a hablar de nuevo. ¡Andando patitas…! El lenguaje antiguo está obsoleto, eso hay que entenderlo. Entonces, hay que ver cómo hablarlo ahora. Yo creo que los jóvenes van a resolver ese problema; los viejos ya no porque tienen que aprender a hablar un idioma nuevo. Principalmente, es el tono. Por eso mi trabajo, ahora, consiste en la búsqueda de ese nuevo lenguaje. Lenguaje que sea escuchado, que se imponga. Acaba de salir en la revista “Cosas” (23.04.81) un reportaje mío. Y la sensación es que ese lenguaje ya lo tengo.
Le preguntamos si considera que no pueden coexistir el narrador y el poeta en un mismo escritor. Pregunta natural que hace el aprendiz y a la cual, tajantemente, responden los maestros que NO. Y ahora lanzamos esta consulta con la secreta esperanza de obtener reiteraciones valorizadas de antemano como necesarias. Sin embargo, Nicanor Parra, con brío y pasión, dice:
-De ninguna manera se topan. Especialmente yo creo que esa pregunta se responde sola si echamos un vistazo a esa entrevista de “Cosas”. Claro, porque el lenguaje antipoético en el cual yo estaba trabajando desde hace mucho tiempo parece que resuelve simultáneamente los problemas de la prosa y de la poesía. No es mi intención “pasar un avisito”…Pero, parece que resuelve eso simultáneamente. Porque es un lenguaje que sirve para hablar de la vida real; no se trata de seguir por espacios literarios cerrados. La poesía, tradicionalmente, sobre todo los exotismos del siglo veinte, es una poesía de invernadero, una poesía de escritorio. Los temas que abordan los poetas, en general, no son temas que interesan a la mayoría de los mortales, punto uno. Y, en seguida, no tan sólo los temas son exóticos y elitistas, sino que el lenguaje con que se expresan los poetas es un lenguaje distorsionado –digo yo- del lenguaje de la tribu. Es un lenguaje personal. Me parece que la poesía debe hacerse en el lenguaje de la tribu para que sepa todo el mundo de qué se está hablando. De lo contrario se está haciendo poesía para unos pocos. Ese es un punto de vista burgués para empezar: elitista, de perfumería en último término. Y de esta crítica son muy pocos los que se libran. El primero en librarse es José Hernández, el de “Martín Fierro”. Yo creo que él ha entendido a fondo cuál es el problema de la poesía, porque es un gran poema, un poema extraordinario digno de ser comparado con los más grandes poemas de la literatura universal. Con el “Poema del Mío Cid”, con el “Romancero”, con “La Divina Comedia”… ¡y con Homero! Ninguno de los vicios mencionados anteriormente aparece allí. No se trata de temas selectos y no se trata de una lengua cultivada. Los temas son comunes y la jerga, el lenguaje, es un lenguaje auténtico. Yo creo que estamos nosotros muy ofuscados. Nosotros los poetas andamos perdidos, sumamente extraviados.
-Esta idea, ¿la viene afinando usted con su propio quehacer?
-Mucho tiempo. Angustiado. Tratando de encontrar un lenguaje que realmente interese, que responda a una necesidad. A una necesidad social, evidentemente. Porque el paso de lo personal a lo social lo había dado yo hace algún tiempo. Pero estaba trabado todavía por las cadenas del surrealismo, del dadaísmo, de las corrientes europeas. Ahí hay una cosa que decir: ordinariamente se dice que el siglo 19 chileno es europeizante, y que en el presente nos independizamos. ¡Mentira! Nunca hemos sido más esclavos de Europa y de Norteamérica. Y estos conflictos no se tocan, no hay conciencia de ellos.
-Parece que los jóvenes poetas, los que han estado o están bajo la influencia literaria suya no entienden esa razón profunda sino que más bien se dejan llevar por lo exterior: sueltan sus lenguajes para abusar de descripciones superficiales.
- Es que el trayecto antipoético es muy largo y yo mismo no he llegado a la meta. Pero sí creo que estoy próximo a la meta. En sentido de que todo este trabajo me permite ahora abordar el estudio de los problemas sociales y tengo entendido de que de una manera plausible; me refiero a la plausibilidad del lenguaje. Es lo primero que tiene que percibirse. Y esa plausibilidad, repito, tiene que ver con la correspondencia del lenguaje poético, supuestamente poético, del lenguaje de la tribu, del lenguaje hablado.
-¿Usted cree de verdad que puede haber un acercamiento entre las dos disciplinas: narrativa y poesía?
-Sin ninguna duda. El problema que yo acabo de enunciar para la poesía es idéntico para la narrativa. La diferencia que hay para mí entre prosa y poesía es la siguiente: la prosa es una poesía floja y la poesía en sí es una prosa condensada, es una prosa densa. Es la única diferencia, no hay otra. Y no estoy solo en este planteamiento: Cardenal sustenta esta misma posición. Yo sustento la misma posición que él.
-Hay narradores que dicen que no quieren saber nada con la poesía, que no la entienden y que no les interesa.
-Es, justamente, problema de lenguaje. Es el problema de la prosa. Por otra parte, hay un lenguaje que tradicionalmente se llama “literario”. Los jóvenes suelen decir: el lenguaje de los viejos está periclitado, y, entonces, a cambio ofrecen otra jerga personal, otro lenguaje “literario, otra retórica que también está vieja, y nunca dan en el blanco. Quien entendía muy bien esto era la Violeta. Ahora, cuando yo hablo de lenguaje, de lengua de la tribu me refiero al lenguaje hablado, el de la calle, el de todas partes. Le doy un ejemplo: “Está bien que me pase por imbécil”. Antes esta frase no tenía nada que hacer en la poesía. Pero así habla el chileno. Se trata de demostrar cómo habla la tribu. No se trata de ninguna otra cosa. Lo que dijo ese señor de sombrero alón y de corbata de rosa… ¡esas son chivas del modernismo, de la belle époque!Pero estamos tan lejos de sospechar siquiera el planteamiento del problema.
-¿Y qué pasa con Rimbaud?
-Ese tiene un lenguaje de la tribu: “He terminado por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu”. Así se habla. Pero los poetas creen que hay que escribir de otra manera. Aquí, a veces, yo veo libros como si la Mistral, Huidobro y Neruda no hubieran existido nunca. Y, en vez de ir más allá de la Mistral, más allá de Huidobro, más allá de Neruda, en vez de asimilar todo eso críticamente… ¡No, señor! ¡Atrás! Y, además, un atrás fantasmagórico… (Cambiando de tema, sin pausa). El problema fundamental del mundo, del mundo en estos momentos, es el problema ecológico, subsistencia del hombre como especie. Los problemas poético-literarios, y hasta políticos, vienen después. Primero: la supervivencia en el planeta. Hay que estudiar un poco esto, meterse en la filosofía ambiental. Desde ahí se puede avanzar. ¿Desde qué otra parte se puede instalar un puente? ¿Desde un concepto literario difuso?
-Hay poetas chilenos que vienen marcados por la “tensión de la palabra”, por la magia, por el sueño y otras cosas, por un lado, y, por otro, por filosofías trascendentales o sometidos a creencias orientalistas, ¿qué opina sobre esto?
-Yo voy a ser muy duro, por razones didácticas. Yo creo que esos dos planteamientos anteriores son anacrónicos. Son líneas cerradas. Así, a priori, yo creo que están condenados. La historia va a barrer con ellos. La historia es muy cruel.
-¿La antipoesía es la solución?
-Con el lenguaje antipoético se pueden contestar preguntas concretas. Eso es lo importante. La antipoesía no es una manera de escribir sino que de hablar, o sea, de vivir. Yo desafío a los profesores de literatura, a los retóricos, a que estudien mis poemas con lupa. El punto de la métrica yo lo tengo resuelto. Porque si no estuviera resuelto, lo mío no funcionaría. Cuente por ahí: once sílabas por verso. Hay endecasílabos elásticos, que bajan a diez o suben a doce para evitar la monotonía de la lectura. Si no hago esto la respuesta resulta con un sonsonete. Y, debido a ese sonsonete, no se le podría tomar en serio. Entonces, uso endecasílabos hablados, hieráticos muchas veces. Y ya tengo el oído formado. A veces necesito versos cortos y a veces otros más largos para que se vaya equilibrando la cosa. Ritmo, movimiento, color, respiración. Si alguien oye esto dice: “Este tipo está hablando en prosa”, pero estoy hablando en verso. Esta es, entonces, la solución que afecta simultáneamente a la poesía como a la prosa.
Yo soy más yerbatero que mago No resuelvo problemas insolubles Yo mejoro yo calmo los nervios Hago salir el demonio del cuerpo Donde pongo la mano pongo el codo Pero no resucito cadáveres putrefactos El arte excelso de la resurrección Es exclusividad del divino maestro
De “Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui”.
Elinor Comandari preguntó cierta vez: “Hay quienes afirmaron que usted era un cadáver literario. ¿Qué le detonó internamente? ¿Qué ha hecho para desmentir esos rumores?” Parra contestó: “Eres feliz cadáver eres feliz / en tu sepulcro no te falta nada / ríete de los peces de colores”.
(De revista literaria “Huelén”, Nº 6, Marzo 1982).