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Reciente poemario de Joaquín Alliende Luco
Juan Antonio Massone

 

María, Miriam, Mariam: tres modulaciones de una misma dulzura, la que, de modo eminente, es amparo, intercesión, cobijo maternal. Mujer sublime no menos que próxima en esa su humanidad de alguien que tiene para el cielo recados de lo terrestre. Puente disponible. Silencio. Este ser albeado es materia poética en el reciente libro del P. Joaquín Alliende Luco, miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua.

Cierto, no es la primera vez que la palabra del poeta explaya una invocación y el recogimiento hacia María, madre esencial. Editorial Patris había publicado Plegarias urgentes, en 2006. Ahora Nueva Patris entrega Mariam, una edición muy cuidada y bella.

Mariam es un libro tan poético como espiritual. Ninguna de las esferas contradice a la otra, ni disminuye el tinte especial de los ámbitos bien ensamblados que se reconoce en la obra, como si la unidad de la voz confidenciara, de una buena vez, un clamor, una devoción y la esperanza.

Las hermosas ilustraciones de Francisca Morales acompañan las páginas de este compendio de cuartetas que, si saben de ascenso, no ignoran esa cercanía creada por la voz del hijo, del hombre y del poeta, hacia quien está presta a la indulgencia.

Obra de plegaria y composición de dichos sucesivos. Todas las voces del universo y de la historia la tienen de destinataria a Mariam, en la expresión de las cinco secciones del libro. Diálogo y soliloquio, apertura y recogimiento del habla se explayan con sencillez de vocablo conclusivo. Porque si el haiku japonés corresponde a una rápida revelación de una presencia con efecto en dedos animados de alusiones; la cuarteta cumple, en su consonancia, el papel confesional de una experiencia completa a partir de un deslinde, de un borde, de un pespunte que deja adivinar la enormidad de una grandeza que tiene el don de acoger sin abrumar.

“Desde la Trinidad le dicen”; “Ella dice a la Trinidad”; “Dijeron siempre”; “Le dice el poeta”; “Le dice más el poeta”, corresponden a las cuentas de un total de 57 composiciones breves. En el verbo decir radica el acto nuclear de este libro dedicado “a los cristianos en Tierra santa, cuando el muro sitia a Belén”. Decir, o sea, un acto comunicativo hacia quien recibe los poemas y emite su actitud inspiradora en esta “poesía axial”, como la define Fernando Lolas, en el prólogo.

Todo en ella queda emparentado a la belleza forestal. La delicadeza de las formas es dócil al semejar ese espíritu único que el poeta le consagra en sus textos.

“Esmeralda de mi selva,/Entre las cunas del mar,/La espiral torne, vuelva,/

Y dar tu memoria y dar” (Verdísima)

Los superlativos se extienden y proliferan convencidos de naturalidad, pero también en la representación de un plan divino, previo a todo tiempo, aun cuando el papel desarrollado por Mariam encarne, en todo momento, la rigurosa y concreta historia de lo humano. Su condición de esposa y de madre termina por hablar desde lo entrañable. Lo suyo es decir en silencio. No es callar, ni omitir, ni subsumirse en circunstancias adjetivas. Sí; lo propio de Mariam es dar cobijo al Verbo, encarnarle, acunarle, brindarle el amor para ser capaz de desprenderse, un día, cuando se cumpliera, hasta el extremo, la plenitud de los tiempos.

Ella dice porque es alguien en cuyo vientre habita un alma, al tiempo que es alma animadora de una señal de latir al compás del crecimiento de quien la habita de un modo tan misterioso como concreto. Todo habla de amor, incluso el silencio de la espera; el de la huída a Egipto, el de ser testigo de una revelación interminable. Y ese silencio del decir lo manifiesta nuestro poeta en el espíritu de la cita agustiniana: “Amor meus, pondus meus”, mi peso es mi amor. ¿Y cuál otro decir podría definir mejor a Mariam, que esa actitud de configurar sus días de perfecta disponibilidad?

“Hondo pan de mi abrigo,/ Peso invicto en mi centro,/ Laberinto de mi trigo,/ Eres claustro de mi dentro” (Pondus meus)

La misma oblación de sí al confesar: “Jesús, mi Rey, mi amor,/ para ti todo mi río,/ arco iris de esplendor,/ catedral del desvarío”. (Locura)

Pero una persona como Mariam se torna admirable en la opinión ajena. Así, el latido marial ha enriquecido nuestra poesía castellana desde Berceo. Y la de otros idiomas. Su ejemplaridad admite la glosa, el romance, el soneto o la cuarteta, como en el caso de Joaquín Alliende.

Siempre es posible decirle algo a Mariam, con la certeza de alcanzar su oído y conmover su alma. Su nombre: un baluarte y una posibilidad de acceder al corazón del cielo.

Poemas teológicos en el plano doctrinal; dichos de voz personal en lo poético, tocan un destino y una oportunidad humana que cumple con ser recuerdo de la condición sagrada de lo materno y de la digna condición que nos alcanza al ser partícipes, en calidad de hijos, de un plan dignificante y salvífico.

Los poemas de Joaquín Alliende ofrecen variadas posibilidades de lectura. Una de ellas: atender a la asociación entre el personaje central del libro y sus múltiples facetas y significaciones; otra, corresponde a un desafío de ver la expansión de la luz en el aviso breve del relámpago lírico que, comúnmente, consigue el autor cuando se vale de imágenes y semejanzas de la regalona de Dios, quien sirve, anticipa y acoge la pequeñez de un niño divino.

Y, precisamente, esa oblación nos la entrega en la familiaridad de una mujer-madre que sabe de alianzas con el cielo y de cuidados hacia lo terreno. Su intermediación supera lo genésico de una biología sagrada. Antes bien, marcha al compás de una sinfonía que se desliza en sus notas con envergadura tan próxima como sideral. En los textos del poeta, Mariam aflora en la terneza y pliegues de lo personal. Conmueve y anima. A esa experiencia de sentirla íntima, incorporada, propia, se dedican las dos últimas secciones del poemario.

“El aire de venir e irte./ Perderme sin que me pierdas./ Subir al volcán y oírte:/ Tus yemas pulsan las cuerdas”. (Montañero)

La presencia de Mariam es motivo y asunto de decir con gestos, con palabras, con miradas. Siempre decir. Porque el silencio no es mutismo, sino concentración de un mensaje acuciante o que anuncia la naturalidad de una presencia. Y esa presencia es tan insoslayable como latente: deja los espacios del silencio por venir. El decir es el primer eslabón de la dilatación de ser. Algo en alguien sobrepuja el ánimo para dar en el blanco de alguien que nunca es algo. De allí que el poeta es quien despierta del sueño, o lo hace en el sueño, en vistas de una posibilidad de encuentro. Porque el decir espera la receptividad de otro, y, a base de ese impulso inicial, colabora al esclarecimiento que es nacencia, morada abierta, trecho del camino, ánimo de las miradas.

La alternada rima consonante de las cuartetas se mantiene en el total de las composiciones del poeta. Nada parece faltar en ese total de idioma escueto y contundente de cada una. A veces, gana la intención de honrar; en otras, la de vincularse; en algunas de describir los dones de Mariam, mujer sagrada.

“Caer el mapa en fatiga,/ Cerrar de noche la caja./ Recordarte me abriga:/ Dentro, en ti, la meta viaja”. (Conmigo)

Como en todo libro de poemas, el de Joaquín Alliende puede hallar lectores más afines en sentidos diferentes. Pero a todos invita esta colección de brevedades de lo sacro, porque es mucha la naturalidad humana que representan e incorporan en sus cuentas de un variado soliloquio abierto a la plegaria.

Poemas religiosos, no místicos. La envergadura de la voz en sordina o más tonante, de acuerdo a la variación de los textos, se acomoda mejor en la horma de la palabra que dice, desde el mundo, la plural actitud del espíritu, más que de visión arrobada o extática. Poemas, entonces, de relación bien ceñidos a una naturaleza, en ocasiones con alcances chilenísimos; en otras, alusivos a lejanos lares. Pero no es esto un rasgo que jerarquiza los textos, sino reconocibles indicios de las encarnaduras habidas en la palabra poética. A la postre, los poetas dicen de lo humano, ya sea del guijarro o de la estrella, de lo profano o de lo sublime, puesto que sus voces profieren las reacciones ante aquello que apura y orienta el inevitable vocablo poblado de humanidad interesada en una porción de lo real, desde la que columbra el universo y la realización fable de lo silente.

Poemas que encuentran en el vientre del idioma la altitud necesaria de la expresión sencilla que recuerda, por momentos, la voz confiada del pueblo, en su testimonio de fe respecto de que el tiempo no es el total de la vida, así también en la actitud de reverencia a que le induce el percatarse de ser creatura destinada a la redención y el amparo.

Mariam termina por familiarizarse en este libro. Se le hospeda en sus páginas y nos recibe como en casa de ternura y de manto indulgente.

Como si el poeta dijera: todo esto sucede por ti, nos deja la compañía de la Madre, presencia suprema en un tiempo que la consagra y confirma con vigorosa convicción:

“Como fósil de insecto triste,/ No entiendo la ola malva./ Sé bien cuál noche viniste,/ Sé que si Dios sueña, salva”. (La Madre)

Ignoro si estas palabras le hacen justicia al sentido más hondo del libro, pero como lector estoy agradecido, y esa gratitud me exculpa, acaso, de omitir lo que no supe ver en sus páginas.

 

 


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