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LUDWIG ZELLER Y ALGO MÁS
Escribe: Hernán Ortega Parada

       Junto al nombre del titular surge de inmediato el cuestionamiento sobre la sobrevivencia del surrealismo; en lo principal, referido a movimiento literario activo, creador sobre sus propias cenizas.
        Sin embargo, hay dos perspectivas, dos atalayas: una situada en nuestro territorio -aun sobre lo más alto de la Cordillera de Los Andes- y otra, en el Hemisferio Norte. Se trata de la cultura que brota en el casco terrestre. Hay diferencias entre el norte y el sur, y es tema para un análisis social y una meditación ensayística profunda.
        El caso de Zeller es paradigmático. Goza de un prestigio enorme en el extranjero y en su patria es apenas una sonrisa para una gran mayoría desinformada
        Nacido en 1927, en el desaparecido  pueblo Río Loa, a pasos de Calama, tuvo presencia en la cultura santiaguina a partir de 1948 cuando abre la tienda de libros usados El Arquero, en Alonso Ovalle, detrás de la Universidad de Chile. De acuerdo a su tendencia hacia lo pulcro y lo selecto, fue un lugar para bibliófilos, bien montado. De allí se fue como Encargado de Artes Visuales  del Ministerio de Educación; en la práctica, director de la sala de exposiciones de Alameda. Sus años en la Escuela de Bellas Artes le permiten desarrollar una ingente y seria labor durante más de catorce años, donde se esforzó por otorgar un espacio a más de doscientos pintores emergentes cuando en Santiago no proliferaban galerías de arte.
        Dos acciones de arte ingresan a la mitología capitalina: la creación de la Casa de la Luna y la gran exposición Surrealismo en Chile, de 1970. Lugar de recitales, talleres literarios, música, poesía, pintura, conferencias, en aquella. Happening denominado "El entierro de la castidad en la Universidad Católica", en la segunda; donde todos, incluso el rector, debían dejar sus zapatos al lado afuera de la sala para no deteriorar los pechos femeninos sembrados en el parquet.
        Hay recuerdos del año 1968 (Casa de la Luna), por supuesto: "Investigaciones me revisó la casa. El MIR me revisó la casa. El PC me revisó la casa. La Embajada de los EE.UU. quiso comprarme; yo les dije: "Muchas gracias, muy  gentil de su parte pero no." Y entonces nos pusieron un negro, un moreno norteamericano todo el día en la Casa de la Luna. Muy simpático el negro pero nos tenía completamente vigilados. Así y todo, en la Casa de la Luna (Villavicencio 349) nosotros congregábamos a unos trescientos jóvenes en cada actividad..." Sus exiguos ingresos sólo eran por la venta de café y de libros usados. El pecado de los dueños del local, Ludwig Zeller y Susana Wald, fue su amor a la cultura sin restricción alguna y por eso en tal ocasión hubo muestras artísticas de origen cubano. Ya eran surrealistas y su pancarta ideológica sólo declaraba: "Poesía, libertad, amor." No era jipismo de resonancia. No eran adictos a drogas ni alcohol. No se referían al amor corriente sino al de más allá que pudiera adoptar una pareja: el respeto a la vida, el afecto casi de monje tibetano hacia todo congénere. El amor al libro, el amor al arte... a la libertad espiritual y real.
Pese a dicha ardua labor, el escritor no descansaba en otras áreas, ya había publicado una docena de libros que le proporcionaban prestigio literario en el ambiente nacional y los collages despertaban curiosidad y una admiración limitada. Diseñaban libros y portadas preciosas para Enrique Gómez-Correa, Braulio Arenas y otros; hasta editaron "Maremoto" para Neruda. A fines del 70 miraban hacia el exterior, Ludwig vendió su precioso mascarón de proa (La Sin Nombre) a Pablo, y la pareja y sus hijos termina de prepararse para volar a Canadá.
        A principios de 1971 se inicia la saga que llamará la atención de poetas, artistas y críticos de habla inglesa y francesa. Crean la editorial Oasis Publications en Toronto, Canadá, y, junto con traducir a poetas de habla castellana a ese idioma, crean obras maravillosas por su formato, originalidad y calidad, algunas de las cuales están en museos. La poesía de Zeller, auténticamente surrealista por su génesis, le abre espacios en revistas y antologías especializadas. A pesar de su carácter que lo mantiene en un bajo perfil -no es ambicioso-, es amigo de Max Ernst, Breton, Edouard Jaguer, Eugenio Granell y una élite impresionante. Lo visita en Canadá Octavio Paz. Es invitado a Estados Unidos, México, Venezuela y a toda Europa varias veces. Expone en la Bienal de Venecia. Sus poemas y sus collages, son dos lenguajes para una misma síntesis poética, para un diciente mensaje que nace de sus  fuentes oníricas más puras. Zeller estudió con Lola Hoffmann, en Santiago, durante tres años, el fenómeno de los sueños hasta dominar el sueño vigil dirigido, que no es otra cosa que liberar represiones, visiones del pasado lejano y recientes, archivadas en el subconsciente. El oficio, la concepción del arte, disfrutan del resultado. Esa es su técnica profunda y por eso sus trabajos visuales no son un capricho, un juego surrealista, sino consecuencia de ese insight que siempre tiene para el observador una lectura novedosa. Fijémoslo derechamente: sus collages son poemas gráficos que se pueden decodificar como sus versos. Pero nadie, menos él mismo, puede asegurar cuál de estos ejercicios es superior al otro. Porque son una misma cosa.
        Ludwig Zeller es un poeta formal, maduro, a cuyo oficio ha entregado su vida entera. Hasta La Casa de la Luna no es posible sin el sueño de este creador. Su bibliografía registra alrededor de ochenta títulos con antologías y reediciones especiales; y más de cuarenta de ellos guardan "todo el oro de sus castillos" (Alone).
        "Zeller pasó el tiempo observando los modelos del lenguaje de los dementes en asilos de locos en Chile: ha aprendido a comunicar su sensación de desorientación de un modo poderoso y mantener a su lector en trance, logrando ese poder narcótico de las palabras soñadas por Breton y Aragón en sus años de juventud.", ha dicho la perspicaz Anna Balakian.
        "La poesía del chileno Ludwig Zeller, con su combinación de elementos románticos y modernos, su impulso experimental hacia el futuro y sus preocupaciones clásicas, es una fusión excepcional de corrientes españolas, hispanoamericanas, surrealistas y romántico-alemanas. (...) Esta actitud uniforme, al tiempo que multifacética, y los versos magistrales que lo expresan, llevan a Álvaro Mutis a ubicarlo entre 'los santos' de la poesía como Blake, Hölderlin, Rimbaud, Trakl, Michaux y Desnos.", dice críticamente el gran poeta norteamericano A. F. Moritz, uno de los más importantes en lengua inglesa de la actualidad.
        Profanamente suele decirse que el surrealismo ya no existe, que fue una ola, un embarazo literario. Pero el libro "Ludwig Zeller. Arquitectura del escritor", Ed. Cuarto Propio (Stgo. 2009), que firmo, demuestra lo contrario, ya sea en las artes visuales como en la literatura. La extraordinaria exposición que repletó los muros de dos pisos del edificio de la Fundación Salvador Allende, en Av. República, fue un  testimonio irrecusable. Esta exposición se replicó en Valparaíso el 2010 y necesitó dos grandes espacios, cada uno en edificios separados. El éxito de visitas fue sustantivo, tanto en la capital como en el puerto. Y, en ellas, por supuesto que hubo presencia de trabajos poético-pictóricos de Zeller y Wald.
        Pintores y poetas de muchos países prosiguen revelando su inteligencia, junto a un grupo importante de gente joven de nuestro país que renueva sus votos bajo la experiencia libertaria del surrealismo. En Brasil, Floriano Martins sostiene una féerica actividad internacional en torno al surrealismo. Ingresen al sitio:
 (www.jornaldepoesia.jor.br/bhportal.html)
      
        Lo que es innegable, aun para legos en la materia, es que la representación poética, y artística, del surrealismo, ya está asimilada y forma parte del inconsciente colectivo. Porque hasta la actitud incomprensible de algún presidente es calificada de surrealista (no real, negando así la realidad de una lógica pragmática).
        En la trinchera opuesta, la aparente libertad de la poesía coloquial, llámese beat o como sea, es una experiencia que llegó a Chile hace más de treinta años. Nadie puede olvidar a Lihn tal maestro de la expresión; expresión que, manejada con su personal y sabia intuición, no abandonó el acento de la poesía en la intimidad del texto. Con eso quiero decir que la entonación en una lectura de poema chato (que aunque tenga subtexto es plano de lenguaje, pobre de imágenes y de sugerencias) no hace de éste al gran poema. El significante social, o político-social, de estas formas, se empequeñece y vulgariza a tal punto que se crea una masa verbal informe, sin arte ni trascendencia. La poesía epigramática (otra peste contemporánea) es sólo una señal de vanidad intelectual; una simplificación grosera del aikú primitivo, maravilla a su vez del lenguaje simple pero en función de descubrir lo que no se ve. Respecto de la mal llamada "poesía coloquial", algo de perogrullo: es posible leer la guía telefónica como un extenso poema (este ejercicio lo hice en talleres míos). La baja de calidad de la poesía chilena en los últimos decenios se debe a los malos hijos de Parra. Creen que Parra escribe sin música, error. Parra vió la poesía emergente en su salsa, en USA, junto con tomar una taza de té con la esposa del presidente. Pero él, en Chile, es un creador. Esa es la diferencia con los descendientes suyos. Es padre. "La poesía es una prosa condensada, una prosa densa." Lo dijo Nicanor en una amplia entrevista para escritores jóvenes (Rev. Huelén Nº 6, marzo 1982). Prefijando allí el camino seguido: "El trayecto antipoético es muy largo y yo mismo no he llegado a la meta." A estas alturas, evoco a Pezoa Véliz, en estrofas de "Tarde en el hospital", que el lector de este mensaje recitará de memoria pues se trata de un poema coloquial. ¡Pero qué diferencia con el coloquialismo rastrero en uso! ¿No?
        Podemos decir que Ludwig Zeller rescata el lenguaje natural que emerge de su región mnemotécnica. Es lo mismo de que hablábamos recién pero cuya fuente es distinta pues viene de lo sobrenatural.
        En los últimos años, Zeller, radicado desde 1993 en Oaxaca, México, ha mantenido junto a Susana Wald, pintora de excepción, una actividad incansable y a fines del 2008, la obra visual de ambos fue acogida por el Museo Eugenio Granell de Santiago de Compostela. Suelen venir a Chile, año tras año, preocupados en parte por devolver al terruño, a la Biblioteca Nacional, el legado de su obra literaria y de generar algunas ediciones en nuestra tierra. El 2007 la Universidad de Chile le otorgó el título de Profesor Honoris Causa, en sesión solemne. Es decir, a nivel académico recién se está valorando la obra de Zeller y es justo considerar su nombre para la otorgación del Premio Nacional de Literatura porque, de acuerdo a su reglamento, es una distinción a quien ha entregado su vida a la literatura y que en forma simultánea ha producido un legado poético de excelencia y potencia innegables.

(Refugio Huelén, Junio 2011)
        

       

 

 


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