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Crónica Literaria
EL ARTE DE LA RESURRECCION

Jorge Arturo Flores

 

Cuando cogemos el último libro de Hernán Rivera Letelier, nos ocurre lo mismo que cuando leemos uno de Isabel Allende: de inmediato miramos a la que se autodenomina crítica literaria de este país, puesto que no existe, y contemplamos las novedades de sus detracciones para con los dos.

Es inevitable.

Como lo es también su resultado: la mirada olímpica, el desdén más absoluto, la obstinada suma de los errores del texto.

No hay caso, en eso coinciden siempre.

Sin embargo, con la aparición del último libro de Rivera Letelier, (El Arte de la Resurrección, 2010, Premio Alfaguara) hubo alguien que pecó de ultra petita, voló demasiado alto con sus arbitrariedades. Al leer la columna en Las Ultimas Noticias (28.5.2010) de Patricia Espinoza, el lector puede preguntarse perfectamente para qué leyó el libro y, luego, para qué escribió sobre él, porque, tal como lo expresa, “es un ejercicio de tono mayor meterse en este volumen que pone a prueba la tolerancia de cualquiera”.Si lo ha leído entero, significa que la comentarista de marras tiene inclinación por el masoquismo literario.

O busca popularidad.

No se entiende de otra manera al tenor de lo leído. Empezando por el título “Un Profeta Tarado”, impropio de alguien que ostenta ciertos grados académicos. Representa más bien un gesto de rabia contenida o es el anzuelo para que miren. Luego, la retahíla de improperios para trazar la tarea del autor: “se ha mantenido lo esencial de la prosa riveriana: esas desastradas e incontenibles secuencias de frases intercaladas, ese tufazo nacondiano, ese lenguaje imparable y ese aire de chiste triste, repetido y podrido que lo caracteriza”.

A Patricia Espinosa no le cae bien, sin duda, Hernán Rivera Letelier. Su lectura trasunta un desdén que limita con el odio. Ella no ha escrito novelas, sino se ha dedicado a investigar. ¿Estará preparada para enjuiciar textos?.

Sigamos con su perota: “Esta nueva publicación es un recocido de todo lo que anteriormente ha publicado nuestro eximio caballero de las letras (nótese la ironía).Rivera ha repetido la fórmula una vez más, plagiándose, dándose maña para martirizarnos”…”Por que si hay algo definitivamente claro es su nulo valor literario.”.

Emplea la palabra “Martirizarnos”. Es definitivamente masoquista.

Lo curioso es que Espinoza, muy segura de sus conocimientos, se pone a la altura del criticado y emplea expresiones impropias de una académica y más cercana al lenguaje poblacional: apanfilado, guachaca, engrupir, mamada, cara pálida (mostrar el trasero), loquito.¿Lo hará pensando en la galería?

Se le nota el origen.

Pedro Gandolfo, que no es crítico, pero en su fuero interno lo cree y ejerce como tal, también opina sobre el libro de Rivera Letelier. Es mas comedido, aunque no resiste colocar la negación en el título: “Prédica con poca gracia”.La consigna es aplastar desde el inicio. En lo otro, reitera conceptos manidos en el sentido de objetar la obstinación del autor“de hacer del desierto su escenario favorito” (seguro que es el único), de confeccionar “bocetos caricaturescos de los personajes” (gran falta sin duda) y la elección de “una narrativa que no corre riesgos y es simple y lineal” (seguramente añora raccontos, intertexos, digresiones filosóficas, meta lenguaje, búsquedas formales y estilísticas). Le molesta que Rivera Letelier cargue “su novela de una picardía obvia y excesiva y no persigue otra cosa que el relato risueño de trivialidades”. (le encantaría tal vez que fuera pesada, hermética, con gran hondura metafísica). Como asimismo, no le agrada “la importancia que le da a la exposición ingeniosa de las intrigas en las que se ven envueltos”(otro pecado mortal). Luego le enmienda la plana al jurado que le otorgó el Premio Alfaguara (debieran preocuparse en España) y al final se despide con una juicio que es todo un canto a la contradicción: “Una narrativa puede legítimamente proponerse relatar con encanto y simpatía una historia y privilegiar la inventiva por sobre las búsquedas formales o estilísticas”.

Patética vuelta de carnero

LA PAMPA COMO ESCENARIO.

Hernán Rivera Letelier es un cronista de la pampa. Merced a su experiencia como minero y como habitante del desierto chileno, ha podido escribir en torno a lo vivido, del cual ha extirpado la mayoría de sus temas para escribir.

Eso le cae como patadón a ciertos criticastros.

Olvidan, por cierto, a Francisco Coloane, cuya temática es mayoritariamente proveniente de la zona de los canales y del paisaje magallánico. Para qué mencionar a García Márquez con su Macondo, Juan Rulfo y Comala, etc.

Ahora, el hecho de escribir sobre lo vivido habla de la honradez de Rivera Letelier en el sentido de relatar sobre lo que conoce, domina a la perfección y le agrada hacerlo. Para qué meterse en honduras que no sabe al dedillo. Es un mérito y no un defecto, como les parece a los seudo exégetas de este país. Si le hiciéramos caso a estos exquisitos de la lengua, quedaría prohibido a un autor repetirse el plato en sus escritos y debería publicar cada uno de sus libros con un telón de fondo diferente. En Chile podría hacerse. Hay material: norte, centro, sur, dictaduras militares, democracia, revoluciones, terremotos, triunfos morales, crítica literaria, etc.). Y si repite el plato, ¿es malo definitivamente?.

¿No será como mucho este nivel de exigencia que se le hace al exitoso autor?.

LECTORES, FAMA Y PREMIOS

Al lector común, ese que no comulga con la exégesis ni la erudición de los académicos, enrevesados, herméticos y exquisitos, no le importa lo que opinen sus detractores. Disfruta leyendo a Rivera Letelier y lo ha puesto en un alto sitial, otorgándole un gran índice de popularidad, con textos traducidos en el extranjero, distinciones y con el consabido flujo de dinero a sus arcas. Es decir, fama y dinero.

Situación, claro está, que no ostentan sus furiosos detractores.

Además, cuenta en su bitácora con dos premios otorgados por el Consejo Nacional de Libro y la Lectura de Chile, un Premio Municipal de Novela, el reciente Premio Alfaguara 2010 de España (1 entre 539 novelas), y el título de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de Francia.

No es un dato menor.

Sus enjuiciadores furibundos ¿están en condiciones de mostrar algo parecido?.

Lo dudamos.

EL ARTE DE LA RESURRECCION

Tiene como protagonista a Domingo Zárate Vega, auto proclamado el Cristo de Elqui y sus andanzas en el norte chileno. Este verdadero personaje ya había sido trasladado a la letra impresa por nuestro gran Nicanor Parra en sus espléndidos 3 libros, Sermones y Leyendas del Cristo de Elqui, Nuevos Sermones y Leyendas del Cristo de Elqui y El Regreso del Cristo de Elqui. El título del libro puede haber brotado de una de las proclamas del citado Cristo: “El arte excelso de la resurrección……”

El relato trata del peregrinaje del Cristo de Elqui, especialmente en las salitreras norteñas. El autor describe con acierto, aparte del escenario propio, la complejidad de su protagonista, un hombre que camina en las luces y en las sombras de la cordura, explayándose en su misión en la tierra, con acopio de antecedentes e indicándole al lector, en medio de risueñas miradas a la racionalidad humana, el texto de su prédica, su decidida vocación de predicador, como igualmente, su clara tendencia de macho cabrío, en el sentido de mostrarse como un hombre normal, con las apetencias carnales satisfechas (merced, por cierto, a la generosidad de algunas de sus feligreses). Le sigue en importancia, la figura de María Madalena, la prostituta de la oficina La Piojo. Un personaje que cautiva por su doble estándar de ramera y santa. Dueña de una generosidad sin límites, más humana, cordial y desinteresada que muchos creyentes católicos. Hay allí una clara bofetada al puritanismo, al beaterío, a la hipocresía. También quedan en la memoria el Loco de la Escoba, las mujeres, niños y adultos que siguen al profeta con unción, como asimismo, los malandrines sin fe que se burlan de él.

El caminar del Cristo de Elqui está detallado con acierto, tanto en sus visitas a las salitreras, como el paso por Santiago, sus condenas judiciales absurdas, donde queda retratada la falacia de una justicia que no sirve precisamente a los desposeídos. La pluma se enternece cuando habla de sus creaturas. Existe una mirada cálida para los ingenuos y torva para quienes se alzan con la santidad, el poder y la explotación.

Sin duda que el libro es una crítica feroz a las costumbres de ciertos chilenos, empezando por los sacerdotes católicos, pasando por los administradores de las oficinas y terminando en la estulticia humana. La Iglesia católica queda, nuevamente, en muy mal pie y sus representantes caen a profundidades que no se condicen con su calidad de sacerdotes y representantes de Dios. La carta, por ejemplo, del cardenal José María Caro, aparte de mal escrita, es sorprendente y desilusionadora.

Existe cierta referencia en el relato a la obra de García Márquez, Borges, Cortazar, circunstancia que no debiera sorprender, ya que el autor nortino ha expresado su preferencia desde hace mucho.

El espectáculo de la cama, sus enseres y la Virgen del Carmen, en pleno desierto, al lado de la vía férrea, de María Madalena, es formidable.

Por otra parte, Rivera Letelier no olvida sus raíces y, en medio de la narración, surge la matanza de Santa María, contada como al desgaire, pero ciertamente con el punzón del dolor humano.

Un Cristo chileno que causa alegría e indiferencia en la gente. Tal como debió ser el paso del verdadero Cristo de Belén en la tierra. Obliga al lector a asomarse a la idiosincrasia chilena, conoce de cerca, otra vez, las condiciones míseras del obrero chileno en las salitreras, sabe de la solidaridad de los pobres, se sorprende con las atrocidades que el connacional puede provocar con su doble estándar o con la barbarie que le otorga el poder. Hay claros mensajes de humanidad en el texto. Todo adornado por una prosa que se hace leer con facilidad, es amena, risueña, donde el humor la traspasa constantemente. Esta es una facultad matriz de Rivera Letelier: la ironía y el humorismo criollo, a veces hilarante, otras veces alegre, ácido, cruel e irreverente.

En suma, a la luz de esta lectura, la condición de seres civilizados no emerge ejemplarizadora.

Hernán Rivera Letelier consigue lo que se propuso: lograr que el lector “sienta un placer estético en la lectura; sienta un goce estético en las palabras, en el lenguaje, en las imágenes, en los objetivos”.

Sin duda que lo ha conseguido. Y con creces.

Excelente libro. Premio merecido.

 


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